Monday, November 19, 2012

Capítulo 2: Dangerous mood


Si había alguna cosa buena de haber quedado con Palitroque, por un tema que el desgraciado ni se había tomado la más mínima molestia de explicar de forma adecuada, era que tenían previsto verse a su hora favorita del día: las 11 de la mañana.

¿Por qué las 11 de la mañana?

Había muchas razones, en verdad, para que aquella fuera su hora predilecta. Pero principalmente era porque en aquellas horas la vida de Palaus estaba en su expresión máxima. Como traductor, sus horas de trabajo eran muy flexibles, dependiendo de las necesidades de cada cliente, y eso le obligaba a trabajar a horas intempestivas, pero también le permitía tener libre mañana, tarde o noche, pudiendo así tomarle el pulso a la ciudad en todas sus expresiones. Era como ver a una misma chica vestirse con varios vestidos distintos cada día, eligiendo así cuál era el mejor.

Y aquella hora era perfecta: la ciudad se exibía como una flor abierta y sucia, una flor caótica con pétalos de metal que vibraba con los gritos de vendedores ambulantes paseando sus tiendas motorizadas repletas de sabores, colores y estafas. Una flor que a veces se convertía en carnivora y se comía a los inocentes, a los confiados y a los inadaptados, sin ninguna contemplación.

Le encantaba la gente y el bullicio, por eso se había hecho traductor cinco años atrás. No es posible convertirte en traductor si eres un antisocial, es así de simple, es como pretender mantenerte con vida sin abandonar tu casucha de madera en medio de un huracán que lo arrasa todo.

-¡Mira por dónde vas, ciego de mierda!

Líon encarriló su nave a la altura de la del hombre que le había insultado y le lanzó una pequeñita bomba fétida.

-Quizá este olor te resulte familiar, puesto que es el mismo que emana toda tu estirpe - dijo, con claridad pero también con tranquilidad.

Nunca tocaba el claxon. Una bomba fétida era mucho más efectiva.

La nave dibujó unas cuantas eses y se desvió por una calle estrecha. Líon empezó a reir a carcajadas. Acto seguido, ordenó a su sinapsis reproducir un disco de BB King. Empezó a sonar "Dangerous Mood", con Lucille haciendo de las suyas: por mucho que las sociedades, las tecnologías y los seres humanos cambiaran, el blues seguiría siendo siempre la música de la Ciudad, de sus oscuros secretos, de su melancolía y, también, de su vida más reverberante.

Café Servein, Seleka.

Pocas veces se aventuraba en un barrio como aquél. Aquí y allá se abrían puestos ambulantes de comida, rastrillos de objetos raros y exóticos traídos de otras comarcas y miríadas de jaulas con pequeñas aves que seguro que hacían un ruído ensordecedor. En definitiva, aquellas calles eran un hervidero de gente que se arremolinaba alrededor de los puestos, de vendedores que ofrecían sus productos a grito pelado y una cantidad ingente de naves que sobrevolaban aquellas calles con una rapidez y una peligrosidad nada deleznables. Tenía que estar con los cinco sentidos puestos en la conducción, no podía dejar que todo aquel remolino de humanidad le nublara la concentración.

Volvió a chequear su GPS a través de la sinapsis. Entre aquella maraña de calles y callejones, un punto verde parpadeaba incesantemente, indicándole el lugar dónde se encontraba el café Servein.

Al cabo de media hora de largas colas de circulación y de pequeños dramas de tráfico que podrían haber terminado en una gran tragedia en forma de accidente multiple, apareció ante sus ojos un sucio y anodino rascacielos en dónde, según el GPS, se hallaba la cafetería. Sin apenas pestañear, llevó su nave hacia lo que comunmente se llamaba el "Gusano", o dicho con palabras más serias, una especie de ascensor para naves que normalmente tenía forma de espiral.

Dejó aparcada la nave en un anexo de la planta 68, en dónde habría unas 50 naves aparcadas, casi todas ellas pequeñas, oxidadas y en bastante mal estado. Aquella cafetería no debía ser de mucho renombre.

Al contrario.

¿Por qué habría elegido ese lugar, aquel maldito Palitroque?

Fue abandonar el aparcamiento y, en el instante siguiente, encontrarse ya en el interior de una gigantesca cafetería, repleta de gente fumando Kash, una versión muy barata del Kishka, por todos lados. Era tal la cantidad de humo que flotaba en el ambiente, que parecían estar vagando en uno de aquellos pretéritos callejones de Londres atestados de maleantes y de gentes de mal vivir. Seguramente el 90 % de todos ellos, siendo generosos, se habrían reunido para hablar sobre negocios de cuestionable legalidad. Sin embargo, había que reconocer que las vistas sobre aquella parte de la ciudad eran sorprendentemente apasionantes: tras unas grandes cristaleras latía el corazón de Seleka, con sus altos y sucios edificios, sus aglomeraciones de naves, sus mercados y puestos, sus pequeños negocios, su gentío y su frenética actividad que nunca menguaba.

Aún y con todo, no se sentía cómodo en aquella situación. A pesar de qué se había vestido de forma informal para aquella reunión (camisa de cuadros azul y blanca, manga corta, unos tejanos de color beige y unas sandalias) y de qué no se había peinado sus cortos cabellos con la dedicación con la qué normalmente lo hacía, aquella gente tenía un sentido del olfato privilegiado. No solamente para oler fragancias, productos o mercancías, sino también para oler a la gente: su estatus, su condición social e incluso su trabajos y posibles objetivos.
A primera vista, toda aquella gente sabía que él no pertenecía a aquél barrio. Que era rico y de clase alta, vaya, aunque aquello no fuera del todo verdad. Sentía todas las miradas clavadas en él, e incluso algún insulto aíslado, rápidamente ahogado y sepultado por la constante marea de conversaciones.

-¡Rollito! ¡Eh! ¡Rollito, aquí!

Líon estaba visiblemente incómodo, con aquel rostro repleto de expresión que sin querer hacía que gran parte de sus emociones salieran a la superficie gracias a la traición de cejas, ojos y boca (a veces le recordaba a una rápida e incompleta sinopsis de un misterioso libro: se podía entrever su argumento, pero nunca adivinar su contenido ni sus giros de guión). Breidh posó uno de sus larguiruchos dedos sobre la montura de sus gafas y observó a su amigo, divertido.
Su presencia, a primera vista, era imponente y jamás despertaba simpatía alguna. Con más de un metro noventa, musculoso, con anchas mandíbulas y su prominente mentón, tenía más pinta de centurión romano que de un traductor de clase media-alta. Por mucho afán que le pusiera a la hora de vestirse de una forma o de otra, siendo precavido con las primeras impresiones, la gente esperaba verle imbuído en un traje negro con corbata, una porra colgando de uno de sus muslos y un pinganillo pegado en su oreja.

No obstante, el magnetismo que impregnaba aquel hombre era más que evidente. Tenía clase, elegancia, y cuando andaba parecía que lo hacía sobre una alfombra de terciopelo, aunque se hallara en el más sucio y maloliente callejón de una ciudad portuaria. Sus grandes ojos de un color verde selva, hacían que los bajos de muchas mujeres empezaran a segregar océanos fácilmente excitables y convertibles en tsunamis con solamente mirarle. "Vagina Jones en busca del Santo Pene"; "Shangri-lá, su lengua a tu parrús irá"; "La Violántida de Platón"; "Avalón, y su pollón". Joder, títulos perfectos para películas porno alternativas, nada convencionales. Sí, en este sentido le envidiaba, pero bueno, considerando que Breidh era homosexual, tampoco le daba demasiada importancia a aquella circunstancia. De hecho, siempre le apetecía tener a un tío bueno cerca. ¡Para qué negarlo!

E inocente, también.

Líon se acercó a la mesa, con una sonrisa de circunstancias, algo forzada, asomando en sus labios.

-¿Cómo va, Breidh? Uhm... - su vista se desvió hacia la derecha - ¿A quién debo el honor de conocer?

Al lado de su delgarucho amigo se hallaba una mujer de mediana edad, alta, y de complexión bastante robusta, aunque provista de curvas y de unos pechos mucho más que generosos. Vestía un atuendo negro muy sencillo y elegante que, en vez de disimular su ligero sobrepeso, se adhería a él, con orgullo, ensalzando toda su femenidad. No enseñaba nada, pero lo enseñaba todo. Sin querer, aquello le recordó a la prehistoria, a la Venus de Milo, a los ciclos de la naturaleza. Casi podía saborear aquellos pezones de los que, seguro, brotaba vida con mayúsculas, y aquellas piernas torneadas que se adivinaban bajo el prieto vestido que le llegaba hasta los tobillos, y que desembocaban en un culo sorprendentemente respingón.

Cuando se dio cuenta que en lo primero que había reparado era en todo menos en la cara de la fémina, Líon pareció volver en sí y clavó sus ojos en el rostro y en la cabeza de la mujer. Con la ceja algo levantada, ella parecía mirarle con algo de desconfianza y una pinza de rechazo que lidiaba con el asco. Cabellos de color castaño, muy largos, esponjosos, en tirabuzones y ojos de color ambar, gatunos, muy, muy guapa en verdad. Le impactó que fuera tan guapa. No, guapa no era la palabra.

Mientras buscaba la palabra que definiera la belleza de la mujer, Breidh apuñaló su burbuja con su habitual afilada forma de hablar.

-¡Rollito! ¡Que los cuerpos no se presentan solos!

Breidh, como siempre, le había despertado de su ensoñación con palabras que estaban muy fuera de lugar.

-Eh...perdón, es que he tenido una mañana muy ajetreada - la mujer no varió ni un ápice su expresión. Estaba clarísimo que apenas entendía el idioma de Palaus.

-Esta es... eh... - Breidh vaciló unos momentos - Yu Zhan, de Korma.

-Encantado - hizo ademán de estrecharle la mano.

-Él... - Breidh le hizo un gesto exagerado, su dedo índice sobre el pecho de su amigo - Se llama Líon.

La mujer suspiró profundamente, y accedió a darle la mano de mala gana, como si estuviera obligada a ello. ¡Un momento! ¿Había dicho de Korma? Esto no pertenecía ni a Palaus, ni a Malen, ni mucho menos a Asira. Era una isla que se hallaba en el lejano norte, rodeada de glaciares y volcanes. Su cerebro empezó a trabajar con esmero.

El Kórmico...kórmico. No tenía demasiados conocimientos de este idioma, pero sí para mantener una conversación simple, sin demasiados aspavientos. El kórmico...
Su cerebro, como siempre le sucedía cuando se veía sorprendido por un idioma que no terminaba de dominar, empezó a dar rodeos a través de sus neuronas, como una serpiente de férrea voluntad. Uno, dos, tres segundos. Cuatro.

Sintonizando.

Abrió su sonrisa, como se abre un clavel bajo una inesperada lluvia de un verano seco e inhóspito.

-Buenos días, me llamo Líon, encantado de conocerte.

El kórmico acabó inundando su mente como una cascada que, de repente, empieza a brotar en el desierto más seco del mundo. Imbuírse de un idioma no es solamente un ejercicio de memoria, sino más bien un ejercicio de amoldarse, de pertenencia, de formar parte de algo. En su cabeza empezaron a desfilar glaciares, pequeños pueblos de pescadores, de historias alrededor de una hoguera, compartiendo fuertes licores, de risas e insultos en comunidad.

Yu Zhan pareció captar el cambio de actitud del hombre y alzó ambas cejas, un poco sorprendida.

-El gusto es mío. Es la primera vez que encuentro a alguien aquí, aparte de los de mi pueblo, que hable mi idioma.

Tenía que mantenerse muy concentrado, apagando los ruídos que se sucedían a su alrededor, para captar el hilo de lo que ella decía. El kórmico era un idioma hablado por tan solo medio millón de personas, y no había podido dominarlo del todo porque, dicho de forma sencilla, en su trabajo nunca lo tenía que usar. Tampoco tenía conocidos que lo hablaran. Simplemente, recordaba, lo había aprendido por curiosidad, porque le gustaba cómo sonaba. Nada más.

-Perdona si cometo errores durante nuestra conversación. Por desgracia, no tengo apenas oportunidades de practicar vuestro bonito idioma - su cerebro trabajaba al máximo rendimiento y podía sentir, incluso, unos goterones de sudor resbalando por su espalda - Y ahora, si me permiten, me gustaría preguntar por el motivo de esta reunión.

Yu Zhan se tapó la boca y empezó a soltar una risita entre coqueta y burlona que se filtraba entre sus dedos. Mientras tanto, Líon agarró una silla libre y se sentó en la mesa, entre los dos. Conocía aquella sensación de sorpresa, satisfacción y cachondeo de cuándo alguien que no te esperas habla tu idioma, con un fuerte acento. Y no se enfadó en absoluto. De hecho, le encantaba el momento en qué una mirada se transformaba, como por arte de magia, pasando de la incomprensión y la desconfianza, al mutuo entendimiento y a esa sensación de "sentirse en casa" gracias a un puñado de palabras.

-Lo siento, es que tu acento es muy divertido – carraspeó ella, irguiendo su cuerpo cómo un policía cuando hace parar un coche que va a una velocidad inadecuada - Bien, creo que tu amigo ya te habrá contado sobre la situación en la qué estamos. Yo con él no he podido hablar ni una palabra, puesto que no conoce mi idioma.

¡¿Qu...qué cojones?! Tenía ganas de abrir la sinapsis para hablar telepáticamente con él, pidiéndole explicaciones sobre ello, pero aquél no era el momento idóneo. ¿No se suponía que iban a ser los traductores encargados de facilitar las relaciones entre Palaus y Maren? En fin, igual aún quedaban más cartas por jugar. Esperaría, paciente.

-¿Te refieres a la situación que tiene que ver con Asiran y a su expansión comercial?

Esta vez se esforzó más en su pronunciación, ahora que ya su cerebro se había amoldado al kórmico.

-Digamos que ese es una parte del pequeño problema al qué nos enfrentamos ahora - la mujer se quedó unos momentos en silencio y, sin reparar en el incómodo silencio que se había gestado, se encendió un cigarrillo de Kash con toda la parsimonia del mundo. Acto seguido, bebió un trago de una gran taza de café con leche - Verás...los kórmicos llevamos ya un tiempo razonable en Palaus, con nuestros negocios, adaptándonos a los vientos del mundo, siendo abiertos en el comercio y buscando el bien general de todos. Nunca hemos hecho nada ilegal. Creo que somos el único pueblo al qué nunca han podido acusar de pertenecer a mafias ni a mierdas por el estilo.

-Te sigo.

Breidh, que no entendía absolutamente nada de lo qué se decía, había puesto en marcha el programa de traducción desde su sinapsis y escuchaba con una atención algo relajada. El programa distaba de ser perfecto, pero al menos le proporcionaba un contexto desde el qué trabajar. Él era traductor, así que podía hacerlo con facilidad.

Yu Zhan le dio otra calada a su cigarro y sus ojos parecieron, de repente, refulgir con una luz alimentada por unas brasas que provenían de alguna parte desconocida. Se retiró sus castaños cabellos que tapaban su frente por detrás de la oreja derecha, un gesto que basculaba entre la autoridad y la responsabilidad.

-El problema es que Asira no solamente ha empezado a hacer competencia desleal contra todos nosotros, es que encima no cumple con los Tratados de Comercio del 23 de Octubre.

Líon, aún desconcertado por aquella situación, empezaba a vislumbrar una luz al final de aquél laberinto.

-En definitiva, lo que más teméis ahora mismo, es un acuerdo entre Palaus y Maren que pueda llevar a blindar el comercio, llenándolo todo de aranceles e impuestos.

Yu Zhan cruzó las piernas, apoyando la espalda en la silla, como dejándose llevar por aquellas palabras y, a la vez, esquivándolas con el rictus de su rostro casi pétreo. Una belleza hecha de glaciares y volcanes.

-Me alegro. Acabas de vislumbrar uno de los múltiples colores que componen ese desgraciado abanico de realidades...¿Te apetece una calada? - achicando sus ojos del color del ámbar, le ofreció el cigarrillo a medio terminar, sin ningún pudor, a través de la mesa.

-Mmh, no gracias, prefiero mantener mis pulmones limpios por la mañana.

-¿Y por la noches?

Líon, sin apenas tiempo para detener el golpe, esbozó una sonrisa y entrecerró levemente sus ojos.

-Depende - dijo, casi en un susurro - Por las noches se pueden hacer muchas cosas.

Yu Zhan le miró de arriba a abajo, con este segundo análisis que hacen casi todas las mujeres. El primer contacto con un hombre abre las compuertas a un largo y, muchas veces, inconsciente análisis que dura a veces toda una conversación, aunando muchos factores como la voz, el contacto visual, los gestos no verbales y la presencia del hombre que tienen en frente. Las manos, sí, también se fijann mucho en las manos: relajadas, secas, sudadas, grandes, pequeñas...y las uñas.
Luego, un examen físico, un ya muy consciente y leve forcejeo con los sentidos, unas cuantas caricias a la imaginación que no debe desbordarse para no dejarla demasiado en evidencia. Líon, obviamente, había captado el radar de Yu Zhan recorriendo todo su cuerpo, como un submarino que recurre al sónar para saber en qué situación se encuentra.

Quien crea que tener temas de conversación en común basta para llevarse a una mujer a la cama, anda muy pero que muy equivocado. Y no, no creía que ella estuviera interesada en ese aspecto, al menos de momento. Simplemente, le podían la curiosidad y sus ganas de coquetear con él.

-¿Es así cómo los hombres de Palaus hacéis negocios con las mujeres? - se llevó un sugestivo dedo ante sus labios y esbozó una enigmática sonrisa.

Líon, que había llevado la conversación a un terreno en el qué se sentía muy cómodo, cruzó las piernas y, acercándose imperceptiblemente hacia ella, colocó un brazo relajado sobre la mesa mientras que la otra mano se la llevó a su mejilla izquierda. No le hizo falta sonreír con sus labios, pues sabía hacerlo con los ojos. Y siempre resultaba más eficaz.

-¿Qué sucede? ¿Es la primera vez que hablas con un hombre de Palaus?

-Hablar lo que es hablar, sí - Yun Zhan suspiró y, como si hubiera contenido algún impulso, sufrió una invisible descarga eléctrica (que Líon sintió) y se cruzó de brazos, con rostro serio y pétreo. ¿Pero a qué estaba jugando Líon? Era evidente que no era aquél momento de tontos flirteos - No hay nadie en Palaus que hable mi idioma, excepto los de mi pueblo.

-Nos hemos reunido para hablar de negocios, perdona por desviar el tema de una forma tan excesiva - Líon se echó hacia atrás, cerró y abrió los ojos, y desterró todo pensamiento que no tuviera que ver con aquella situación.

-Oh, no, no pienses mal, no tenía nada que ver contigo. Es que, verás, hay algo que no os he contado aún a ninguno de los dos. De hecho, creía que éste sería un lugar seguro para hacerlo, según me habían comunicado mis informantes, pero se vé que no es así.

Líon y Breidh fruncieron el ceño casi a la vez.

-¿Tiene algo que ver con los... Asiran? - preguntó Líon, dubitativo.

La mujer negó con la cabeza, no sin antes echar una rápida ojeada a los presentes en la cafetería.

-Lo dudo mucho.

Bien, hasta aquí había llegado su paciencia.

-Para empezar - miró a Breidh a los ojos, con dureza, sin cambiar a la lengua de Palaus para que ella lo entendiera todo - Se suponía que todo esto se trataba de un encuentro con alguien de Palaus para hacer de intérprete con Maren, Asiran o algun otro maldito país. Repito, trabajo para una empresa de aquí, de Palaus, que es lo único que a mí me importa.

Breidh, que nunca había visto tan serio a su amigo en toda su vida, sintió un leve escalofrío a través de su espina dorsal.

-No te especifiqué nada - dijo, desviando la mirada.

-Pues deberías aprender a hacerlo - esta última frase se le escapó en idioma de Palaus. Era casi imposible dirigirse a su amigo en kórmico, y más cuando estaba enfadado - Y respecto a usted, señora Yu Zhan - continuó en kórmico - O me da detalles concretos y concisos del trabajo que tiene para mí, o me levantó y me voy ahora mismo.

Yu Zhan se llevó el dedo índice al entrecejo, como si llevara unas gafas imaginarias y se las estuviera recolocando.

-Ahora mismo no puedo darte detalles concretos porque no es seguro, y tampoco puedo aclararte el por qué no es seguro hacerlo. Lo que sí puedo explicarte es cómo llegué a contactar contigo a través de Breidh.

-Lo siento, ha sido un placer conocerte. Ahora, si me permiten, tengo trabajo pendiente.

-¡Espera!

La mujer le agarró suavemente de la muñeca y en sus ojos pudo entrever una sombra que le imploraba. Entonces, su sinapsis pidió permiso para una entrada superficial en la suya. Aceptó, a regañadientes.

-Aquí tienes mi dirección. Por favor, ven esta noche y te contaré todos los detalles. No estás sujeto ni obligado a nada. No tienes nada que perder. Lo único que puedo decirte es que es algo importante - sus pensamientos se colaban suavemente en su cerebro, como suaves soplidos de fragancia nocturna - Encríptalo ya mismo, sin más dilación. Te aseguro que hay gente alrededor capaz de interceptar esa comunicación. De hecho, haciendo esto ya me he arriesgado y mucho. Por favor, tómalo como un signo de confianza hacia tí.

-Está bien, pero no te prometo nada. No me gusta el pestazo que destila todo esto.

Con la mayor celeridad posible y de forma eficiente, encriptó la escueta información que la mujer le había pasado a través de su sinapsis y la guardó en el nivel más profundo de ésta.

Se levantó de la mesa y, después de dedicar a ambos una gélida despedida, se dirigió hacia la salida con un dolor de cabeza que le martilleaba las sienes. Quizá sí hubiera sido buena idea darle un par de caladas a un cigarrillo de Kash. Si alguien tiene la tentación de pensar que Líon estaba dándole vueltas a lo qué la mujer le había dicho, está muy equivocado. Solamente tenía ganas de llegar a casa y echarse en la cama. Aquello le había drenado todas las energías, le había agotado...y aún no sabía por qué.

Quizá la Asiran que se había trajinado horas atrás tenía conocimientos de magia negra y le había echado un hechizo de tres pares de cojones, uno de esos hechizos cargados de rabia y de rencor que solo una bruja puede conjurar, puesto que un hombre es incapaz de albergar tanta sed de venganza en su mente como una mujer. Eso no significa que las mujeres sean más malvadas que los hombres, simplemente que ellas son más capaces de retener el odio dentro de sí sin explotar, durante mucho más tiempo. Por eso, precisamente, deshechó la idea: si la venganza de la Asiran tenía que llegar algún día, llegaría mucho más adelante.

Sin embargo, fueron dos hombres con más parecido a un gorila que a un ser humano los que, justo cuando iba a introducirse en la nave, arramblaron con él y se lo llevaron a un rincón oscuro del aparcamiento. Fueron dos hombres los que le golpearon, sin tiempo de reacción, en la espalda y en la boca del estómago, dejándole sin aliento. Fueron dos hombres, con mirada ahogada por las drogas que ni siquiera dejaban transpirar una sola jodida emoción en sus ojos, que le advirtieron que si volvía a ver a aquella mujer podía ir preparando sus plegarias porque le enviarían al otro barrio, a ese barrio que para Líon era mera imaginación. Que no existía.

En fín, que fuera imaginación o no, él no tenía prisa por comprobarlo.

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