Si había alguna cosa
buena de haber quedado con Palitroque, por un tema que el desgraciado ni se había
tomado la más mínima molestia de explicar de forma adecuada, era que tenían previsto verse a su hora favorita del día: las 11 de la mañana.
¿Por qué las 11 de la
mañana?
Había muchas razones, en
verdad, para que aquella fuera su hora
predilecta. Pero principalmente era porque en aquellas horas la vida
de Palaus estaba en su expresión máxima. Como traductor, sus horas
de trabajo eran muy flexibles, dependiendo de las necesidades de cada
cliente, y eso le obligaba a trabajar a horas intempestivas, pero
también le permitía tener libre mañana, tarde o noche, pudiendo
así tomarle el pulso a la ciudad en todas sus expresiones. Era como
ver a una misma chica vestirse con varios vestidos distintos cada
día, eligiendo así cuál era el mejor.
Y aquella hora era
perfecta: la ciudad se exibía como una flor abierta y sucia, una
flor caótica con pétalos de metal que vibraba con los gritos de
vendedores ambulantes paseando sus tiendas motorizadas repletas de
sabores, colores y estafas. Una flor que a veces se convertía en
carnivora y se comía a los inocentes, a los confiados y a los
inadaptados, sin ninguna contemplación.
Le encantaba la gente y el
bullicio, por eso se había hecho traductor cinco años atrás. No es
posible convertirte en traductor si eres un antisocial, es así de
simple, es como pretender mantenerte con vida sin abandonar tu
casucha de madera en medio de un huracán que lo arrasa todo.
-¡Mira por dónde
vas, ciego de mierda!
Líon encarriló su nave a
la altura de la del hombre que le había insultado y le lanzó una
pequeñita bomba fétida.
-Quizá este olor te
resulte familiar, puesto que es el mismo que emana toda tu estirpe -
dijo, con claridad pero también con tranquilidad.
Nunca tocaba el claxon.
Una bomba fétida era mucho más efectiva.
La nave dibujó
unas cuantas eses y se desvió por una calle estrecha. Líon empezó
a reir a carcajadas. Acto seguido, ordenó a su sinapsis reproducir
un disco de BB King. Empezó a sonar "Dangerous Mood", con
Lucille haciendo de las suyas: por mucho que las sociedades, las
tecnologías y los seres humanos cambiaran, el blues seguiría siendo
siempre la música de la Ciudad, de sus oscuros secretos, de su
melancolía y, también, de su vida más reverberante.
Café Servein, Seleka.
Pocas veces se aventuraba
en un barrio como aquél. Aquí y allá se abrían puestos ambulantes
de comida, rastrillos de objetos raros y exóticos traídos de otras
comarcas y miríadas de jaulas con pequeñas aves que seguro que
hacían un ruído ensordecedor. En definitiva, aquellas calles eran
un hervidero de gente que se arremolinaba alrededor de los puestos,
de vendedores que ofrecían sus productos a
grito pelado y una cantidad ingente de naves que sobrevolaban
aquellas calles con una rapidez y una peligrosidad nada deleznables.
Tenía que estar con los cinco sentidos puestos en la conducción, no
podía dejar que todo aquel remolino de humanidad le nublara la
concentración.
Volvió a chequear su GPS
a través de la sinapsis. Entre aquella maraña de calles
y callejones, un punto verde parpadeaba incesantemente, indicándole
el lugar dónde se encontraba el café Servein.
Al cabo de media hora de
largas colas de circulación y de pequeños dramas
de tráfico que podrían haber
terminado en una gran tragedia en forma de accidente multiple,
apareció ante sus ojos un sucio y anodino rascacielos en dónde,
según el GPS, se hallaba la cafetería. Sin apenas pestañear, llevó
su nave hacia lo que comunmente se llamaba el "Gusano", o
dicho con palabras más serias, una especie de ascensor para naves
que normalmente tenía forma de espiral.
Dejó aparcada la nave en
un anexo de la planta 68, en dónde habría unas 50 naves aparcadas,
casi todas ellas pequeñas, oxidadas y en bastante mal estado.
Aquella cafetería no debía ser de mucho renombre.
Al contrario.
¿Por qué habría elegido ese lugar, aquel maldito Palitroque?
¿Por qué habría elegido ese lugar, aquel maldito Palitroque?
Fue abandonar el
aparcamiento y, en el instante siguiente,
encontrarse ya en el interior de una gigantesca cafetería,
repleta de gente fumando Kash, una versión muy barata del Kishka,
por todos lados. Era tal la cantidad de humo que flotaba en el
ambiente, que parecían estar vagando en uno de aquellos pretéritos
callejones de Londres atestados de maleantes y de gentes de mal
vivir. Seguramente el 90 % de todos ellos, siendo generosos, se
habrían reunido para hablar sobre negocios de cuestionable
legalidad. Sin embargo, había que reconocer que las vistas sobre
aquella parte de la ciudad eran sorprendentemente apasionantes: tras
unas grandes cristaleras latía el corazón de Seleka, con sus altos
y sucios edificios, sus aglomeraciones de naves, sus mercados y
puestos, sus pequeños negocios, su gentío y su frenética actividad
que nunca menguaba.
Aún y con todo, no se
sentía cómodo en aquella situación. A pesar de qué
se había vestido de forma informal para aquella reunión (camisa
de cuadros azul y blanca, manga corta, unos tejanos de color
beige y unas sandalias) y de qué no se había peinado sus
cortos cabellos con la dedicación con
la qué normalmente lo hacía, aquella gente tenía un sentido
del olfato privilegiado. No solamente para oler fragancias, productos
o mercancías, sino también para oler a la gente: su estatus, su
condición social e incluso su trabajos y
posibles objetivos.
A
primera vista, toda aquella gente sabía que
él no pertenecía a aquél barrio. Que era rico y de clase
alta, vaya, aunque aquello no fuera del todo verdad. Sentía todas
las miradas clavadas en él, e incluso algún insulto aíslado,
rápidamente ahogado y sepultado por la constante marea de
conversaciones.
-¡Rollito! ¡Eh!
¡Rollito, aquí!
Líon estaba visiblemente
incómodo, con aquel rostro repleto de expresión que sin querer
hacía que gran parte de sus emociones salieran a la superficie
gracias a la traición de cejas, ojos y boca (a veces le recordaba a
una rápida e incompleta sinopsis de un misterioso libro: se podía
entrever su argumento, pero nunca adivinar su contenido ni sus giros
de guión). Breidh posó uno de sus larguiruchos dedos sobre la
montura de sus gafas y observó a su amigo, divertido.
Su presencia, a primera
vista, era imponente y jamás despertaba simpatía alguna. Con más
de un metro noventa, musculoso, con anchas mandíbulas y su
prominente mentón, tenía más pinta de centurión romano que de un
traductor de clase media-alta. Por mucho afán que le pusiera a la
hora de vestirse de una forma o de otra, siendo precavido con las
primeras impresiones, la gente esperaba verle imbuído en un traje
negro con corbata, una porra colgando de uno de sus muslos y un
pinganillo pegado en su oreja.
No obstante, el magnetismo
que impregnaba aquel hombre era más que evidente. Tenía clase,
elegancia, y cuando andaba parecía que lo hacía sobre una alfombra
de terciopelo, aunque se hallara en el más sucio y maloliente
callejón de una ciudad portuaria. Sus grandes ojos de un color verde
selva, hacían que los bajos de muchas mujeres empezaran a segregar
océanos fácilmente excitables y convertibles en tsunamis con
solamente mirarle. "Vagina Jones en busca del Santo Pene";
"Shangri-lá, su lengua a tu parrús irá"; "La
Violántida de Platón"; "Avalón, y su pollón".
Joder, títulos perfectos para películas porno alternativas, nada
convencionales. Sí, en este sentido le envidiaba, pero bueno,
considerando que Breidh era homosexual, tampoco le daba demasiada
importancia a aquella circunstancia. De
hecho, siempre le apetecía tener a un tío
bueno cerca. ¡Para qué negarlo!
E inocente, también.
E inocente, también.
Líon se acercó a la
mesa, con una sonrisa de circunstancias, algo forzada, asomando en
sus labios.
-¿Cómo va, Breidh?
Uhm... - su vista se desvió hacia la derecha - ¿A quién debo el
honor de conocer?
Al lado de su delgarucho
amigo se hallaba una mujer de mediana edad, alta, y de complexión
bastante robusta, aunque provista de curvas y de unos pechos mucho
más que generosos. Vestía un atuendo negro muy sencillo y elegante
que, en vez de disimular su ligero sobrepeso, se adhería a él, con
orgullo, ensalzando toda su femenidad. No enseñaba nada, pero lo
enseñaba todo. Sin querer, aquello le recordó a la prehistoria, a
la Venus de Milo, a los ciclos de la naturaleza. Casi podía saborear
aquellos pezones de los que, seguro, brotaba vida con mayúsculas, y
aquellas piernas torneadas que se adivinaban bajo el prieto vestido
que le llegaba hasta los tobillos, y que desembocaban en un culo
sorprendentemente respingón.
Cuando se dio cuenta que
en lo primero que había reparado era en todo menos en la cara de la
fémina, Líon pareció volver en sí y clavó sus ojos en el rostro
y en la cabeza de la mujer. Con la ceja
algo levantada, ella parecía mirarle con
algo de desconfianza y una pinza de rechazo que lidiaba con el asco.
Cabellos de color castaño, muy largos, esponjosos, en
tirabuzones y ojos de color ambar, gatunos, muy, muy guapa en verdad.
Le impactó que fuera tan guapa. No, guapa no era la palabra.
Mientras buscaba la
palabra que definiera la belleza de la mujer, Breidh apuñaló su
burbuja con su habitual afilada forma de hablar.
-¡Rollito! ¡Que los
cuerpos no se presentan solos!
Breidh, como siempre, le
había despertado de su ensoñación con palabras que estaban muy
fuera de lugar.
-Eh...perdón, es que he
tenido una mañana muy ajetreada - la mujer no varió ni un ápice su
expresión. Estaba clarísimo que apenas
entendía el idioma de Palaus.
-Esta es... eh... - Breidh
vaciló unos momentos - Yu Zhan, de Korma.
-Encantado - hizo ademán
de estrecharle la mano.
-Él... -
Breidh le hizo un gesto exagerado, su dedo índice sobre
el pecho de su amigo - Se llama
Líon.
La mujer suspiró
profundamente, y accedió a darle la mano de mala gana, como si
estuviera obligada a ello. ¡Un momento! ¿Había dicho de Korma?
Esto no pertenecía ni a Palaus, ni a Malen, ni mucho menos a Asira.
Era una isla que se hallaba en el lejano norte, rodeada de glaciares
y volcanes. Su cerebro empezó a trabajar con esmero.
El Kórmico...kórmico. No
tenía demasiados conocimientos de este idioma, pero sí para
mantener una conversación simple, sin demasiados aspavientos. El
kórmico...
Su cerebro, como siempre
le sucedía cuando se veía sorprendido por un idioma que no
terminaba de dominar, empezó a dar rodeos a través de sus neuronas,
como una serpiente de férrea voluntad. Uno, dos, tres segundos.
Cuatro.
Sintonizando.
Abrió su sonrisa, como se
abre un clavel bajo una inesperada lluvia de un verano seco e
inhóspito.
-Buenos días, me llamo
Líon, encantado de conocerte.
El kórmico acabó
inundando su mente como una cascada que, de repente, empieza a brotar
en el desierto más seco del mundo. Imbuírse de un idioma no es
solamente un ejercicio de memoria, sino más bien un ejercicio de
amoldarse, de pertenencia, de formar parte de algo. En
su cabeza empezaron a desfilar glaciares, pequeños pueblos de
pescadores, de historias alrededor de una hoguera, compartiendo
fuertes licores, de risas e insultos en comunidad.
Yu Zhan pareció captar el
cambio de actitud del hombre y alzó ambas
cejas, un poco sorprendida.
-El gusto es mío. Es la
primera vez que encuentro a alguien aquí, aparte de los de mi
pueblo, que hable mi idioma.
Tenía que mantenerse muy
concentrado, apagando los ruídos que se sucedían a su alrededor,
para captar el hilo de lo que ella decía. El kórmico era un idioma
hablado por tan solo medio millón de personas, y no había podido
dominarlo del todo porque, dicho de forma sencilla, en su trabajo
nunca lo tenía que usar. Tampoco tenía conocidos que lo hablaran.
Simplemente, recordaba, lo había aprendido por curiosidad, porque le
gustaba cómo sonaba. Nada más.
-Perdona si cometo errores
durante nuestra conversación. Por desgracia, no tengo apenas
oportunidades de practicar vuestro bonito idioma - su cerebro
trabajaba al máximo rendimiento y podía sentir, incluso, unos
goterones de sudor resbalando por su espalda - Y ahora, si me
permiten, me gustaría preguntar por el motivo de esta reunión.
Yu Zhan se tapó la boca y
empezó a soltar una risita entre coqueta y burlona que se filtraba
entre sus dedos. Mientras tanto, Líon agarró una silla libre
y se sentó en la mesa, entre los dos. Conocía aquella
sensación de sorpresa, satisfacción y
cachondeo de cuándo alguien que no te esperas habla tu idioma, con
un fuerte acento. Y no se enfadó en
absoluto. De hecho, le encantaba el momento en qué una mirada se
transformaba, como por arte de magia, pasando de la incomprensión y
la desconfianza, al mutuo entendimiento y a esa sensación de
"sentirse en casa" gracias a un puñado de palabras.
-Lo siento, es que tu
acento es muy divertido – carraspeó ella,
irguiendo su cuerpo cómo un policía
cuando hace parar un coche que va a una velocidad inadecuada - Bien,
creo que tu amigo ya te habrá contado sobre la situación en la qué
estamos. Yo con él no he podido hablar ni una palabra, puesto que no
conoce mi idioma.
¡¿Qu...qué cojones?!
Tenía ganas de abrir la sinapsis para
hablar telepáticamente con él, pidiéndole explicaciones sobre
ello, pero aquél no era el momento idóneo. ¿No se suponía que
iban a ser los traductores encargados de facilitar las relaciones
entre Palaus y Maren? En fin, igual aún quedaban más cartas por
jugar. Esperaría, paciente.
-¿Te refieres a la
situación que tiene que ver con Asiran y a su expansión comercial?
Esta vez se esforzó más
en su pronunciación, ahora que ya su cerebro se había amoldado al
kórmico.
-Digamos que ese es una
parte del pequeño problema al qué nos enfrentamos ahora - la mujer
se quedó unos momentos en silencio y, sin reparar en el incómodo
silencio que se había gestado, se encendió un cigarrillo de Kash
con toda la parsimonia del mundo. Acto seguido, bebió un trago de
una gran taza de café con leche - Verás...los kórmicos llevamos ya
un tiempo razonable en Palaus, con nuestros
negocios, adaptándonos a los vientos del mundo, siendo abiertos en
el comercio y buscando el bien general de todos. Nunca hemos hecho
nada ilegal. Creo que somos el único pueblo al qué nunca han podido
acusar de pertenecer a mafias ni a mierdas por el estilo.
-Te sigo.
Breidh, que no entendía
absolutamente nada de lo qué se decía, había puesto en marcha el
programa de traducción desde su sinapsis y escuchaba con una
atención algo relajada. El programa distaba de ser perfecto, pero al
menos le proporcionaba un contexto desde el qué trabajar. Él era
traductor, así que podía hacerlo con facilidad.
Yu Zhan le dio otra calada
a su cigarro y sus ojos parecieron, de repente, refulgir con una luz
alimentada por unas brasas que provenían de alguna parte
desconocida. Se retiró sus castaños cabellos
que tapaban su frente por detrás de la oreja derecha, un gesto que
basculaba entre la autoridad y la responsabilidad.
-El problema es que Asira
no solamente ha empezado a hacer competencia desleal contra todos
nosotros, es que encima no cumple con los Tratados de Comercio del 23
de Octubre.
Líon, aún desconcertado
por aquella situación, empezaba a vislumbrar una luz al final de
aquél laberinto.
-En definitiva, lo que más
teméis ahora mismo, es un acuerdo entre Palaus y Maren que pueda
llevar a blindar el comercio, llenándolo todo de aranceles e
impuestos.
Yu Zhan cruzó las
piernas, apoyando la espalda en la silla, como dejándose llevar por
aquellas palabras y, a la vez, esquivándolas con el rictus de su
rostro casi pétreo. Una belleza hecha de glaciares y volcanes.
-Me alegro. Acabas de
vislumbrar uno de los múltiples colores que componen ese desgraciado
abanico de realidades...¿Te apetece una calada? - achicando sus ojos
del color del ámbar, le ofreció el cigarrillo a medio terminar, sin
ningún pudor, a través de la mesa.
-Mmh, no gracias, prefiero
mantener mis pulmones limpios por la mañana.
-¿Y por la noches?
Líon, sin apenas tiempo
para detener el golpe, esbozó una sonrisa y entrecerró levemente
sus ojos.
-Depende - dijo, casi en
un susurro - Por las noches se pueden hacer muchas cosas.
Yu Zhan
le miró de arriba a abajo, con este segundo análisis que hacen casi
todas las mujeres. El primer contacto con
un hombre abre las compuertas a un largo y, muchas veces,
inconsciente análisis que dura a veces toda una conversación,
aunando muchos factores como la voz, el contacto visual, los gestos
no verbales y la presencia del hombre que tienen en frente. Las
manos, sí, también se fijann mucho en las
manos: relajadas, secas, sudadas, grandes, pequeñas...y las uñas.
Luego, un examen físico, un ya muy consciente y leve forcejeo con los sentidos, unas cuantas caricias a la imaginación que no debe desbordarse para no dejarla demasiado en evidencia. Líon, obviamente, había captado el radar de Yu Zhan recorriendo todo su cuerpo, como un submarino que recurre al sónar para saber en qué situación se encuentra.
Luego, un examen físico, un ya muy consciente y leve forcejeo con los sentidos, unas cuantas caricias a la imaginación que no debe desbordarse para no dejarla demasiado en evidencia. Líon, obviamente, había captado el radar de Yu Zhan recorriendo todo su cuerpo, como un submarino que recurre al sónar para saber en qué situación se encuentra.
Quien crea que tener temas
de conversación en común basta para llevarse a una mujer a la cama,
anda muy pero que muy equivocado. Y no, no creía que ella estuviera
interesada en ese aspecto, al menos de momento. Simplemente, le
podían la curiosidad y sus ganas de coquetear con él.
-¿Es así cómo los
hombres de Palaus hacéis negocios con las mujeres? - se llevó un
sugestivo dedo ante sus labios y esbozó una enigmática sonrisa.
Líon, que había llevado
la conversación a un terreno en el qué se sentía muy cómodo,
cruzó las piernas y, acercándose imperceptiblemente hacia
ella, colocó un brazo relajado
sobre la mesa mientras que la otra mano se la llevó a su mejilla
izquierda. No le hizo falta sonreír con sus labios, pues sabía
hacerlo con los ojos. Y siempre resultaba más eficaz.
-¿Qué sucede? ¿Es la
primera vez que hablas con un hombre de Palaus?
-Hablar lo que es hablar,
sí - Yun Zhan suspiró y, como si hubiera
contenido algún impulso, sufrió una invisible descarga eléctrica
(que Líon sintió) y se cruzó de brazos, con rostro serio y pétreo.
¿Pero a qué estaba jugando Líon? Era evidente que no era aquél
momento de tontos flirteos - No hay nadie en Palaus que hable mi
idioma, excepto los de mi pueblo.
-Nos hemos reunido para
hablar de negocios, perdona por desviar el tema de una forma tan
excesiva - Líon se echó hacia atrás, cerró y abrió los ojos, y
desterró todo pensamiento que no tuviera que ver con aquella
situación.
-Oh, no, no pienses mal,
no tenía nada que ver contigo. Es que, verás, hay algo que no os he
contado aún a ninguno de los dos. De hecho, creía que éste sería
un lugar seguro para hacerlo, según me habían comunicado mis
informantes, pero se vé que no es así.
Líon y Breidh fruncieron
el ceño casi a la vez.
-¿Tiene algo que ver con
los... Asiran? - preguntó Líon, dubitativo.
La mujer negó con la
cabeza, no sin antes echar una rápida ojeada a los presentes en la
cafetería.
-Lo dudo mucho.
Bien, hasta aquí había
llegado su paciencia.
-Para empezar - miró a
Breidh a los ojos, con dureza, sin cambiar a la lengua de Palaus para
que ella lo entendiera todo - Se suponía que todo esto se trataba de
un encuentro con alguien de Palaus para hacer de intérprete con
Maren, Asiran o algun otro maldito país. Repito, trabajo para una
empresa de aquí, de Palaus, que es lo único que a mí me importa.
Breidh, que nunca había
visto tan serio a su amigo en toda su vida, sintió un leve
escalofrío a través de su espina dorsal.
-No te especifiqué nada -
dijo, desviando la mirada.
-Pues deberías aprender a
hacerlo - esta última frase se le escapó en idioma de Palaus.
Era casi imposible dirigirse a su amigo en
kórmico, y más cuando estaba enfadado - Y respecto a usted, señora
Yu Zhan - continuó en kórmico - O me da detalles concretos y
concisos del trabajo que tiene para mí, o me levantó y me voy ahora
mismo.
Yu Zhan se llevó el dedo
índice al entrecejo, como si llevara unas gafas imaginarias y se las
estuviera recolocando.
-Ahora mismo no puedo
darte detalles concretos porque no es seguro, y tampoco puedo
aclararte el por qué no es seguro hacerlo. Lo que sí puedo
explicarte es cómo llegué a contactar contigo a través de Breidh.
-Lo siento, ha sido un
placer conocerte. Ahora, si me permiten, tengo trabajo pendiente.
-¡Espera!
La mujer le agarró
suavemente de la muñeca y en sus ojos pudo entrever una sombra que
le imploraba. Entonces, su sinapsis pidió permiso para una entrada
superficial en la suya. Aceptó, a regañadientes.
-Aquí tienes mi
dirección. Por favor, ven esta noche y te contaré todos los
detalles. No estás sujeto ni obligado a nada. No
tienes nada que perder. Lo único que puedo decirte es que es algo
importante - sus pensamientos se colaban suavemente en su cerebro,
como suaves soplidos de fragancia nocturna - Encríptalo ya mismo,
sin más dilación. Te aseguro que hay gente alrededor capaz de
interceptar esa comunicación. De hecho, haciendo esto ya me he
arriesgado y mucho. Por favor, tómalo como un signo de confianza
hacia tí.
-Está bien, pero no te
prometo nada. No me gusta el pestazo que destila todo esto.
Con la mayor celeridad
posible y de forma eficiente, encriptó la escueta información que
la mujer le había pasado a través de su sinapsis y la guardó en el
nivel más profundo de ésta.
Se levantó de la mesa y,
después de dedicar a ambos una gélida despedida, se dirigió hacia
la salida con un dolor de cabeza que le martilleaba las sienes. Quizá
sí hubiera sido buena idea darle un par de caladas a un cigarrillo
de Kash. Si alguien tiene la tentación de pensar que Líon estaba
dándole vueltas a lo qué la mujer le había dicho, está muy
equivocado. Solamente
tenía ganas de llegar a casa y echarse en la cama. Aquello le había
drenado todas las energías, le había agotado...y aún no sabía por
qué.
Quizá la Asiran que se
había trajinado horas atrás tenía conocimientos de magia negra y
le había echado un hechizo de tres pares de cojones, uno de esos
hechizos cargados de rabia y de rencor que solo una bruja puede
conjurar, puesto que un hombre es incapaz de albergar tanta sed de
venganza en su mente como una mujer. Eso no significa que las mujeres
sean más malvadas que los hombres, simplemente que ellas son más
capaces de retener el odio dentro de sí sin explotar, durante mucho
más tiempo. Por eso, precisamente, deshechó la idea: si la venganza
de la Asiran tenía que llegar algún día, llegaría mucho más
adelante.
Sin embargo, fueron dos
hombres con más parecido a un gorila que a un ser humano los que,
justo cuando iba a introducirse en la nave, arramblaron con él y se
lo llevaron a un rincón oscuro del aparcamiento. Fueron dos hombres
los que le golpearon, sin tiempo de reacción,
en la espalda y en la boca del estómago, dejándole sin aliento.
Fueron dos hombres, con mirada ahogada por las drogas que ni siquiera
dejaban transpirar una sola jodida emoción en sus ojos, que le
advirtieron que si volvía a ver a aquella mujer podía ir preparando
sus plegarias porque le enviarían al otro barrio, a ese barrio que
para Líon era mera imaginación. Que no
existía.
En fín, que fuera
imaginación o no, él no tenía prisa por comprobarlo.
No comments:
Post a Comment