Desde que aquellos dos
hombres fornidos le habían pedido, de una forma no muy amable, que
se olvidara de todo lo concerniente a Yu Zhan, no había podido
dormir con relativa paz. De hecho, hacía una semana que solamente se
dedicaba a ir a trabajar, a repasar vocabularios con su sinapsis, a
comer, hacer sus necesidades y dormir. Nada más. Le daba la
sensación que desde el día en qué se había reunido con Breidh y
con ella el tiempo se había paralizado. No tenía ni siquiera ganas
de tener sexo ni de masturbarse: no era solamente el tiempo, sino su
misma humanidad. Se había convertido en un robot, y, lo que es peor,
en un robot con memoria.
Tampoco ayudaba que la
hija adolescente del diplomático de Maren se le estuviera insinuando
todo el rato en la reunión que mantenían con los comerciantes de
Palaus en el enorme jardín adyacente a las dependencias
gubernamentales. Música barroca, mayordomos más estirados que un
palo, conversaciones aburridas que giraban todo el rato sobre
relaciones comerciales. Y él ahí traduciéndolo todo
mecánicamente, con una eficiencia perfecta pero sin ningún ápice
de interés ni de apego.
No era de extrañar que
aquella mocosa se hubiera fijado en la única persona con cara de estar tan o más aburrida que ella. Y si encima
coincidía con el tiempo de sus primeras menstruaciones, el
descubrimiento de su propio cuerpo y que, en frente de ella, se hallaba un hombre con presencia
y bien plantado...pues claro, aquello era para la nena una una bomba de relojería hormonal.
Eran unas 16 personas sentadas en una larga mesa repleta de fuentes de comida, botellas de vino y demás nimiedades. Formando la cabecera de la mesa, presidida por el Alto Diplómatico de Palaus, un lado se hallaba sentado al embajador de Maren, junto a la hija, que no le quitaba el ojo de
encima, con rápidas y constantes miradas hacia su rostro y su pecho
y una sonrisa que trataba de disimular colocando una de sus manitas
sobre la boca. Al otro lado, Líon, que hacía todo lo que podía para que no se le notara el absoluto aburrimiento que quería invadir toda su alma para luego escurrirla como una esponja, dejándola seca como un trozo de esparto.
El embajador de Maren y el Alto Diplomático de Palaus discutían acaloradamente.
El embajador de Maren y el Alto Diplomático de Palaus discutían acaloradamente.
-Con respecto a Asira, si
adoptamos las pertinentes medidas proteccionistas, no hay nada qué
temer. Y si finalmente vemos que no acatan las leyes, yo creo que lo
más lógico sería bloquear todo el comercio con ellos – espetó
con rapidez y eficiencia Líon, traduciendo de la lengua Maliana al Palousen.
-Creo que esa postura no
nos beneficiaría a ninguno de los dos países – el diplomático de Palaus se llevó la mano a la barbilla, pensativo –
Podríamos hacerles negociar, pero solamente bajo nuestras
condiciones y respetando nuestro pacto de comercio.
Líon tradujo del Palousen
al Maliana sin apenas pensar en ello.
-¡A los enemigos ni agua!
Esta gente lo único que quieren es hacerse con las riendas del
comercio mundial. ¿Es que no lo véis?
-Hace 3 meses vuestra
opinión era totalmente opuesta. Y bien que nos hacíais la
competencia. ¿Os prohibimos comerciar con otros países en nuestra
ciudad, aún sabiendo que gran parte del dinero iba a vuestras arcas?
No. Esta no es nuestra política. Estamos de acuerdo en un acuerdo
comercial para frenar el expansionismo exagerado de Asira, pero en
ningún caso frenaremos el Libre Comercio.
-¿Y qué me dices de la
economía sumergida? ¡Sois demasiado blandos con ellos! Ellos hacen
una fortuna sin apenas pagar impuestos, mientras nosotros tenemos que
bajarnos los pantalones para poder recibir cuatro migas! Te recuerdo
que en Maren está sucediendo exactamente lo mismo. ¡Nuestros
intereses están gravemente amenazados!
Y bla, bla, bla. Y bla,
bla, bla.
Así son los diplomáticos
y embajadores, así son los políticos y comerciantes: yo me dedico a
meter mis narices en los asuntos de los demás, pero cuando tú metes
las narices en mi casa...¡Me enfado y no respiro! ¿O es que Palaus
o Maren no tenían intereses en otros países? No, no, ellos eran la
bondad reencarnada en hombres de negocios. ¡Un cuerno! Ellos son tan
o más mafiosos que las mafias de las cuales constantemente se
quejan. ¿Acaso reparten su dinero a sus ciudadanos? ¡Ja!
Pero él era traductor y aquel no era su problema. ¿Hipocresía? Sí, y mucha.
Su mirada se desvió
accidentalmente hacia dónde se hallaba la hija del diplomático, y,
por primera vez y gracias al aburrimiento que sentía, la estudió
detenidamente: ojos grandes de color azul claro; cabellos rubios,
largos y rizados;
rostro simétrico, nariz
respingona, sonrisa más amplia y abierta de lo qué era normal para
una niña de su edad. Le miró y le enseñó tímidamente los dientes
en una suave sonrisa (un gesto calculado). Unos pechos que empezaban
a tener la forma de dos jóvenes manzanas, y un vestido blanco con
ribetes color azul marino, enseñando sus endebles y delgados brazos,
y su cuello.
No era nada con lo qué no
hubiera lidiado antes...con la diferencia que, esta vez, un elemento
se añadió a la “fiesta”: el piececito desnudo de la mocosa
damisela trepó a través de sus piernas y se posó sobre su
entrepierna, a la cual empezó a masajear con decisión y sin ningún
pudor. Las mejillas de la niña se encendieron de una forma tan
evidente que parecían dos antorchas iluminando una noche negra como
el culo de un grillo. Su polla, tal y cómo había imaginado, empezó
a endurecerse con una velocidad alarmante...a sólo medio metro de su
padre.
-¡Mierda joder!
¡Mmmh...no! ¡Para, me cago en Dios! - gritó en lengua Maliana.
-¿E..eh? ¿Cómo osas
hablarme así? - el embajador de Maren lo malinterpretó - Esto puede que sea Palaus, pero eso no os da patente
de corso para hablarnos así. El 30 % de vuestras exportaciones...
Aquél piececito, en vez
de parar, aumentó su velocidad mientras la niña seguía riéndose
entre dientes, con gran disimulo, y con el rostro de cada vez más
congestionado, rojo como el culo de un Babuíno. Líon trató en vano
de parar aquella locura, dándole golpecitos con el puño en el pie,
bajo la mesa, pero no hizo más que empeorar el asunto. Aquellos ojos
azules repletos de lujuria empezaban a pasarle factura: a su polla
solamente le faltaba aúllar de lo empinada que estaba. Por suerte no
había luna llena, era de día, y las pollas aún no habían
aprendido a hablar ni a gritar.
-¡Qué coño pretendes,
zorra!
Esta vez gritó en
Palousen, en su lengua natal.
-¿Qu...qué? ¡Cuidado
con lo que dices, estás en territorio de Palaus! - el diplomático de Palaus, esta vez - ¡El tratado de
comercio pende de un hilo y el Primer Ministro se halla a unos
escasos 200 metros de aquí! Mide tus palabras.
¡Mierda! Había vuelto a
gritar y a decir lo que pensaba sin tener en cuenta su trabajo. No
estaba en lo que estaba. Nada, no tradujo
absolutamente nada. Tenía que inventarse algo para volver a reconducir aquella reunión.
A Líon se le ocurrió entonces una idea arriesgada: hacerles creer a aquellos dos hombres, que aquellos insultos tenían su lógica dentro de la conversación.
-”¡Qué coño pretendes zorra”,
eso fue lo que le dije a la comerciante asiran, que se insinuó,
pretendiendo comprarme – dijo Líon, en Palousen, pretendiendo que había traducído las palabras del embajador de Maren.
-Oh, bien que hiciste –
el diplomático de Palaus asintió, convencido – No hay que fiarse de
esas mujeres, son serpientes con piel de terciopelo.
-"¡Para, me cago en Dios!" Sí, eso le dije al embajador de Asira, el cual no paraba de hablar de los beneficios de su política comercial expansionista – dijo, esta vez Líon, en lengua Maliana.
En fin, que después de
unos complicados malabares, tanto el embajador de Maren como el diplomático de Palaus acabaron hablando de negocios otra vez, en
tono satisfecho. Resultó incluso positivo para darle un enfoque de
tensión a la reunión porque así, poco a poco, se relajaron las posturas y conseguieron de esta forma no dañar los acuerdos de comercio existentes entre ambos países. La diplomacia es
una maldita locura, y aquella chica, con sus irracionales ganas de
ponerle la polla dura, había conseguido que la alianza comercial se
fortaleciera. La inventiva de Líon y sus recursos para la improvisación, tambien.
Al acabar la reunión, con
abrazos y estrechamientos de mano incluídos, Líon sintió la
necesidad imperiosa de ir al baño para evacuar a unos cuantos
rehenes que necesitaban ser liberados desde su recto. No hay nada que
produzca más satisfacción que cagar después de un trabajo bien
hecho.
Justo acababa de tirar de
la cadena para que aquellos amiguitos duros y marrones empezaran su
alocada y trepidante aventura por aquél parque acuático de aguas
residuales, cuando, de repente, sintió el suave rechinar de la
puerta que se abría. Se hallaba de espaldas a ella, a punto de
limpiarse las manos.
Su primera reacción, al
sentir que unos brazos le rodeaban la cintura, fue girarse y,
súbitamente, agarrar del cuello a su atacante. ¿Otra vez uno de
aquellos perros que le advirtieron que no volviera a acercarse a Yu
Zhan? ¿Allí, en los jardines de Palacio? Se giró y, con
estupor, se encontró a sí mismo estrangulando a una jovencita
rubia, delgada, estatura media, ojos azules. Se apartó rápidamente
de ella, pidiendo perdón con un leve movimiento de cabeza.
-¡Pe...pero qué coño
haces, sinvergüenza! ¡Casi me matas! - espetó en medio de un
ataque de tos, su rostro prendido por un intenso color rojo. Hablaba
en un Maliana muy coloquial. Líon recobró su compostura y se cruzó
de brazos, apoyando la espalda contra la pared.
-Es lo que suele suceder
cuando alguien, sin avisar, te agarra por la espalda. Vete con tu
papi, anda – la miró con una frialdad siberiana – Estuviste a
punto de mandar a la mierda la reunión.
-Ji, ji... - se colocó
las manos tras la espalda, meneando el culo sin ningún rubor – No
lo pude evitar.
Líon decidió no darle
más cuerda a aquella mocosa y se fijó el noble objetivo de
ignorarla. Se lavó las manos detenidamente y, acto seguido, se
dispuso a salir hacia los jardines para certificar el acuerdo del embajador y el diplomático, junto con las delegaciones de comerciantes de ambos países.
-Me ves como una niña, y
en algunas cosas lo soy... - dijo, con una voz más suave que el
aliento de un pequeño pájaro – Pero sé muchas más cosas que tú
ni nadie más imaginaría.
-¿Por ejemplo? - se digno
a preguntar, desganado, antes de salir.
-¿Qué pone en tu
contrato, Líon?
El hombre se giró hacia
ella, alzando una ceja.
-¿Perdona?
Como si estuviera
caminando de puntillas sobre un estanque, la chica se acercó a él,
una ninfa de agua con cara de hija de mil putas. Así se le aparecía
a Líon en aquel momento. Sonreía, divertida.
-¿En tu contrato no pone
que firmar contrato con otra empresa mientras se tiene el primero
vigente conlleva a despido y a posibles penas de cárcel?
Él frunció el ceño. ¿Se
estaría refiriendo a...? No, no podía ser. Además, él no había
firmado nada con Yu Zhan.
-¿Hacia dónde quieres
llegar? - avanzó unos cuantos pasos, quizá con demasiada
iniciativa, pues ella retrocedió unos cuantos hacia atrás hasta posar
su pequeña espalda contra la pared en la qué un minuto antes se
había apoyado él – No he firmado nada fuera de esta empresa.
-Tranquilízate – posó
los ojos en el suelo, algo asustada – Quiero ayudarte. Verás... -
adoptó una expresión seria, digna, muy adulta – Estuve trasteando
en la sinapsis de mi padre, como suelo hacer siempre (¡Tiene una
contraseña, para mí, muy fácil y predecible!) y encontré algo muy
curioso: ha descubierto que has firmado un contrato con una empresa
ilegal de Asira, la cuál está a punto de ser desmantelada. El gobierno de Palaus quiere condenarte por alta traición.
Líon sintió como si un
alud de nieve hubiera congelado y enterrado toda la sangre de su
cuerpo. Apoyó sus manos contra la pared, a ambos lados de la cabeza
de la chica. Sus ojos dibujaban el epicentro de un huracán. Una
calma muy, pero que muy engañosa.
-Me la suda si eres la
hija de un embajador, o del emperador de los siete mares. Si esto es una broma
pesada lo vas a pagar caro. Y no hablo de golpearte, precisamente.
Tengo otros medios a mi alcance, mocosa.
Ella no pareció ponerse
nerviosa en ningún momento. De hecho, parecía que aquel gesto la
había excitado un poco. Le pasó un dedito por el pecho,
acariciándoselo, sonriendo con una coquetería muy natural.
-Al principio, cuando aún
no te conocía, disfrutaba pensando en un escarmiento público hacia
un traductor como tú, uno de esos perros acomodados al servicio de
una empresa privada que trabaja para el gobierno – le acarició los
labios, la nariz de perfil romano, sus pómulos sobresalientes, su
barbilla recta. Tenía que estirar mucho el brazo, puesto que la
diferencia de estaturas era bastante pronunciada – Pero fue verte
y, la verdad, me pusiste muy caliente.
Líon suspiró, rechazando
con educación el contacto de aquellos dedos aún tan infantiles. ¿Dónde cojones había aprendido a hablar así? ¿Qué les enseñaban, en la escuela, a los niños de ahora?
-Ahórrate toda esta
basura – adoptó una posición pensativa, colocándose al lado de
ella, repasando acontecimientos – Suponiendo que lo que dices es
cierto...¿No tendrían que haber ido a por mí mucho antes?
-No, ellos querían
atraparte mientras trabajabas para el gobierno, así te caía una
condena más gorda.
Líon apretó los puños.
Temblaba de rabia e impotencia. Sus ojos parecían refulgir con el
calor de las brasas del mismo infierno.
-¿Por qué diablos
querían hacerme esto a mí? ¿Qué maldito interés tenían en
hundirme?
Ella se encogió de
hombros.
-No tengo ni la más
remota idea. ¿Quieres huir o no?
-¡Maldita sea mi vida!
-Si vas a seguir
quejándote, me voy – hizo un puchero con los labios.
Él se llevó dos dedos en
el puente de la nariz y suspiró, desinflando levemente su rabia.
-Está bien. ¿Cómo
pretendes ayudarme? Salir de aquí sin ser advertido es como tratar
de no llamar la atención yendo vestido de pavo real en una boda.
-¿Confías en mí?
-Obviamente, no.
-Bueno, pero estarás de
acuerdo que muchas otras alternativas no tienes.
-¿Cuál es tu plan?
-Huir contigo.
-Definitivamente, no estás
bien de la cabeza. ¿Eres consciente de la edad que tienes?
-¿Y tú?
-Yo...en fin, estoy en una
situación límite, no hay tiempo que perder. Dime cómo pretendes
huir de aquí.
El rostro de la chica se
ensombreció y, súbitamente, pareció mucho más mayor de lo qué
normalmente aparentaba.
-Venimos a estos jardines
como mínimo una vez cada dos semanas. Cuando me aburro, que suele
ser el caso, me invento alguna excusa barata y me dedico a dar
vueltas por aquí. En resumen: que me conozco este sitio como la
palma de mi mano.
-De acuerdo, esto ya
supone una pequeña ventaja – Líon había variado su registro y
ahora le hablaba a la chica con el respeto que no tenía hacia niños
ni mocosos – El problema radica en nuestra necesidad de pasar
desapercibidos. Supongo que tendrás algo pensado al respecto.
-¡Por supuesto! ¿Por
quién me has tomado? - con un gesto decidido y exagerado, se retiró
sus largos cabellos dorados tras la espalda. Tenía que dedicarse al
teatro sí o sí – Nuestro objetivo inmediato es llegar al
laberinto del jardín. Desde allí habrá que despistar a tus
perseguidores – le dio un énfasis especial a aquel “tus” -
mientras yo llamo a la nave de mi padre con mi sinapsis.
-¿Bromeas? ¡Yo no sé
pilotar!
-Sí sabes.
-¡Maldita sea! ¡Pero si
no tengo ni licencia! ¿Cómo sabes que yo...?
-Ellos saben muchas cosas,
y yo soy una cotilla. ¡Vamos, no tenemos tiempo!
Con una velocidad
inusitada, la chica echó a correr hacia la puerta. Líon partió
tras ella, costándole un océano de sudor seguir su ritmo. Los
guardas del jardín pronto advirtieron su presencia y se pusieron a
perseguirles entre amenazas, improperios e insultos. Al llegar al
laberinto del jardín, constituido por altos setos impecablemente
podados con formas geométricas, la chica se puso a llamar, con su
sinapsis, a la nave usando la complicada clave que le había puesto
su padre.
Gracias a la pericia de la
chica, consiguieron despistar a los guardas con facilidad, los cuales se hallaban
desconcertados, corriendo dentro del laberinto sin rumbo, como
gallinas descabezadas.
La nave, un pequeño y
aerodinámico vehículo de color azabache, descendió ante ellos con
elegancia, posando su cuerpo con forma de ballena sobre un rellano
del laberinto. Corriendo como posesos, se precipitaron hacia la
entrada de la nave que se había abierto en su “lomo”: Una rampa
ascendía y se introducía hacia el centro del vehículo.
Pero no todo iba a salir a
pedir de boca.
Gracias a un golpe de
suerte, uno de los guardas había conseguido llegar al lugar dónde
la nave había aterrizado. Habían sido rápidos y efectivos, pero
estas putadas siempre ocurren.
Un hombre que le sacaba una cabeza a él (¡A él!) se había interpuesto entre la entrada de la nave y ellos. Al ser solamente guardas del jardín, no llevaban sobre ellos armas de fuego, pero sí una porra tan grande y gorda como su brazo. Su otro brazo, tan ancho como su pierna, se hallaba combado hacia él con el puño cerrado. Si el puño hubiera podido hablar, hubiera dicho: ¡te voy a arrancar la cabeza de un sopapo! Aún y con todo, Líon no tenía más remedio que precipitarse sobre él y rezarle a sus dioses inexistentes para que la paliza no le arrebatara la poca dignidad que le quedaba. Sin embargo, justo cuando estaba apunto de gritar “Banzai!” escuchó un disparo que provenía desde su espalda: ¡Venga, no me jodas! ¿La loca aquella también sabía disparar? ¿Pero qué clase de pequeño monstruo era aquello? Con destreza le había pegado un señor tiro en la pierna izquierda de aquél rinoceronte humano, haciendo que aquél cayera al suelo profiriendo mil maldiciones y alaridos de diversa índole que no hace falta plasmar aquí.
-¡Rápido! Ya te lo
explicaré luego...¡Entremos!
Aquella maldita cría
entró en la diminuta nave como Pedro por su casa, se sentó en la
silla de plasma ante los aparatos de mando y, sin ni siquiera cerrar
la compuerta de entrada de la nave (no tenía tiempo, ya habían
descubierto su ubicación y venían una veintena de guardas directos
hacia ella) hizo despegar verticalmente aquél objeto con una
velocidad de vértigo sin que Líon tuviera apenas tiempo de
agarrarse a lo primero que sus manos pudieron asir: precisamente la
silla en dónde se hallaba ella manejando la nave con su palma de la
mano posada sobre una superficie de cristal, los ojos cerrados, la
sinapsis funcionando a pleno rendimiento.
-¡No te agarres a la
silla! ¡Me...me vas a desconcentrar! ¡Solo he pilotado una vez...y con mi padre al lado!
-¡¿Y qué quieres que haga?! ¡Lo que tienes que hacer es cerrar la puta compuerta de entrada! ¡Pero ya!
-¡¿Y qué quieres que haga?! ¡Lo que tienes que hacer es cerrar la puta compuerta de entrada! ¡Pero ya!
-¡A...aguanta! ¡No...no
sé cerrarla, estoy ocupada en...!
La nave daba unos bandazos
aquí y allá muy peligrosos, mientras que por los cristales que
rodeaban la nave, la ciudad se iba haciendo paulativamente más y más
pequeña...y las montañas más y más cerca.
-¡Mierda, joder! - Líon
forcejeó para acercarse al puesto de mando sin soltarse de la silla
y sin darse cuenta que, sin querer, estaba abrazando a la chica sin
ninguna contemplación. La chica soltó un alarido - ¡Dame los
jodidos mandos de la nave!
-¡Pu...puedo hacerlo! -
gritó indignada, tratando de estabilizar la nave a la deriva, que de
cada vez se acercaba más y más a las montañas de Palaus - ¡No
confías en mí, lo sabía!
-¡Al cuerno la confianza!
Con gran agilidad, Líon
apartó a la cría de los mandos y, colocándosela sobre su regazo
(llegados a ese punto crítico, apenas encontró resistencia por su
parte) se sentó en la silla de plasma y, posando su mano derecha
sobre la superficie de cristal, conectó con toda la rapidez que
pudo su sinapsis con la Inteligencia Artificial de la nave.
Normalmente a la puerta
principal de la nave se la consideraba “Puerta 0” mientras que
las puertas secundarias o de emergencia, se les ponía números del 1
al 4 (el número máximo de puertas que seguramente aquella pequeña
nave poseía). Haber tenido un abuelo piloto de aeronaves no había
sido en balde puesto que a pesar de no poseer una licencia para pilotarlas se
había criado dentro de ellas
-Puerta 0 cerrado
hermético; activar estabilizador; aumento del 200 % de potencia de
motor; desactivar frenos aéreos de emergencia; antigravitación
desactivada, activar a partir del 50 % de velocidad lumínica. ¡Orden
prioritaria!
La puerta se cerró con un
sonido suave, muy parecido al que produce el sonido de la lluvia sobre unas
hojas: sshhhtetetete.
La nave,
efectivamente, se estabilizó casi al instante, lo que dura un
parpadeo de unos ojos, y, sin ninguna dificultad reseñable (si es
que se considera reseñable decir que la chica, en aquellos momentos,
no dejaba de jadear y de forcejear pensando que estaba llevando a la
nave a un accidente seguro) se dirigió disparada hacia la atmósfera
y en cuestión de segundos ya se hallaba fuera de la órbita del
planeta. El shock de acelerar de aquella manera sin activar la
antigravitación (que hubiera relentizado el proceso y les hubiera
llevado a una muerte segura contra las montañas) fue demasiado para
la chica y se desmayó de golpe, entre sus brazos. Él, sin embargo,
desde pequeño estaba ya más que acostumbrado a aquellas sacudidas
extremas.
Una vez hubo dejado atrás
el especio aereo del planeta, peligroso porque seguramente ya estaría
buscándole el gobierno de Palaus, decidió llevar a la niña a una
de las pequeñas salitas de la nave, que podían transformarse en
cualquier tipo de dependencia. Decidió que la transformaría en un
dormitorio normal y corriente, como los que había en Palaus, y,
dejando escapar un suspiro y una negativa con su cabeza de
conformidad con aquella mierda de situación, la depositó sobre una sencilla cama. Sabía lo que era uno de aquellos shocks de
aceleración y la ostia que te metía en el cerebro. Por un instante,
sintió un amago de cariño y lástima por ella. Luego volvió a la
sala de mandos, ya algo más relajado, y se encendió un cigarrillo
de Kishka acomodándose en aquella silla que le arropaba los hombros
y el culo casi de una forma tan perfecta cómo haría una mujer
experimentada. Se encontraban, ahora mismo, en el vasto espacio,
tierra de nadie, y el planeta poco a poco se iba convirtiendo en un
punto de cada vez más difuso. La oscuridad engalanada por miles de
estrellas acabó dominando por completo el paisaje que se podía observar desde
dentro de aquella burbujita encabritada que era aquella nave.
¿Qué diablos había
ocurrido para que hubieran terminado en aquella situación?
Una de dos: o alguien le
había traicionado, o algún cabrón que le odiaba había conseguido
entrar en su sinapsis (¡¿Pero, cómo?! La tenía casi literalmente protegida
a cal y canto) y así había podido falsificar su firma y todos sus
datos para que apareciera que había firmado un contrato con una
empresa corrupta de Asira. Breidh estaba descartado como potencial
traidor, no solamente por la amistad que le unía con él, sino
porque sería incapaz de pensar en algo tan retorcido. Además, no
tenía motivos para hacerlo: iban a compartir un trabajo muy
suculento, y juntos habrían sido un equipo muy solido.
¿Yu Zhan? Tampoco tenía
motivos suficientes. Además, no se habría arriesgado a denunciar a
nadie, más que nada porque seguro que ella misma andaba sobre aguas
bastante turbulentas, y le interesaba tener a sueldo a un traductor
competente. No, ellos dos no podían ser.
¿Entonces quién? ¿Quién
tenía un interés tan grande en verle entre rejas o, directamente,
ejecutado por operaciones ilícitas a espaldas del gobierno? No tenía
sentido, él no se había creado enemigos. Su cerebro estaba tan
agotado que ni siquiera era ya capaz de formar una frase con sentido,
ni de dibujar un mapa con lógica para desentrañar aquél misterio.
Además, el kishka empezaba a subirsele a la cabeza, y aquello le hizo
sentir un bienestar que hacía tiempo no experimentaba. Tenía muchas
ganas de escuchar música, de apalancarse, de no pensar en nada
mientras observaba el Universo vibrando a su alrededor.
-Enséñame la lista de
canciones disponibles, y descárgala a mi sinapsis – le ordenó a
la nave.
Todo eran canciones
actuales de música electrónica. Buscó y rebuscó hasta que
encontró una sección de música clásica. ¡Oh! ¡A ver qué
tenemos aquí!
Eran canciones de hacía
más de 300 años, muchas de ellas deliciosas, raras, creativas.
Sabía que casi nadie pensaba así, que consideraban la música
clásica un rollo patatero...¡Y la música preclásica ya ni os cuento!
Después de deliberar un buen rato, finalmente se decidió por una
canción que le traía recuerdos de la infancia, de vuelos
interestelares con su abuelo, cuando aún estaba vivo y le enseñaba
a pilotar naves de forma ilegal. A aquél viejo pirata le gustaba mucho la música
antigua, muy antigua...y eso mismo había heredado de él.
En su cerebro empezó a
resonar con fuerza To be Free, de Mike Oldfield, y se sintió libre,
extrañamente libre, una libertad acariciada por una sonrisa cargada
de una melancolía que creía haber olvidado. Empezó a murmurar la
letra de aquél idioma ya extinto, en voz baja, mientras observaba
las estrellas rodeado del humo de su cigarro, como flotando en nubes
de un pasado cubierto de una lluvia de recuerdos.
To be free
To be wild
and to be
just like a child.
And if I get lost
I really don't mind.
'Cause I'm me
doing just fine
doing just fine
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