Las primeras palabras que
le venían a la mente, cada vez que pensaba en aquello, solamente
eran dos, con una conjunción dubitativa en la mitad.
Fantasía
o
Realidad?
Mucha gente suele pensar
que esos términos están perfectamente definidos y diferenciados,
pero no podrían estar más equivocados. Sino, hagamos una prueba con
vosotros mismos, los lectores. Haced un esfuerzo mental e intentad
rememorar el recuerdo más lejano que podáis. Una vez lo hayáis
hecho, quiero que me respondáis a una simple pregunta: ¿Podéis
afirmar categóricamente que ese recuerdo es real, o, sin embargo, es
posible que ya haya sido modificado y cambiado por el paso del
tiempo? Estoy convencido que ese recuerdo tan lejano está salpicado
y rodeado de sombras y niebla, que solamente son retazos de imágenes
una al lado de otra que a veces no tienen relación ni sentido.
Palabras, sonidos, olores,
tactos.
Todo esto permanece mucho
más allá de los recuerdos.
Narina. Nariiiina.
Na-ri-na. Ese perfume del campo, natural, de mil flores mezclado por
sudor y sencillez. El tacto de una pequeña mano rasgada y quebrada,
pero tan femenina que quita el aliento. Y palabras, palabras en un
idioma que no ha vuelto a escuchar en su vida,
un idioma que le acariciaba, que le llenaba de una dicha cercana a un
repertorio de canciones antiguas, de romances perdidos, de tragedias
pretéritas.
Él estaba junto a la
ventana de la clase de un colegio cualquiera, aburrido, mascando un
chicle y repasando páginas porno con su sinapsis, mientras la clase
de aritmética seguía adelante. Hacía tantas veces que visitaba
sitios porno que ya ni la polla se le levantaba. En fin, no le dio
importancia a aquello y siguió navegando por aquellos reinos de
perversión. Él siempre había sido un niño solitario, que
disfrutaba de la soledad y, sin embargo, nadie osaba meterse con él:
era el doble de ancho y alto que el resto, así de simple. Lo único
que quería es que le dejaran en paz con su vida consigo mismo, y él,
a cambio, dejaría en paz la vida del resto.
Hasta aquí la simbiosis
había salido a la perfección.
Pero todo se fue al traste
cuando, de repente, se enamoró de Narina. Ojos negros como el
carbón, cabellos oscuros como la noche del apocalipsis, y una piel
tan y tan blanca que cuando el Sol le daba de lleno, era capaz de
deslumbrar a los mismos dioses diurnos. Ella, a diferencia de él,
había intentado integrarse en el grupo de la clase pero pronto los
niños empezaron a rehuir de ella. Cada día, durante el Descanso, ella
desconectaba todo lo que hacía y conectaba su sinapsis con sus
padres, hablando en un idioma indescifrable. Entonces aquellos
imberbes, al no reconocer su lenguaje, empezaron a reírse de ella y
a considerarla como a un bicho raro. Incluso empezaron a imitar, de
forma muy pobre, su forma de hablar y sus lentos y elegantes gestos
que hacía con las manos al comunicarse a través de la sinapsis.
En definitiva, al cabo de
tres meses, Líon y Narina, ambos de 15 años, se hallaban solitarios
en clase sin ninguna otra comunicación que la que tenían con sus
profesores, con la diferencia que a Líon le dejaban en paz por su
corpulencia y por su presencia, y a Narina no paraban de gastarle
bromas pesadas.
Un día, al volver a casa,
Líon se detuvo al ver cómo dos chicas la habían golpeado y le
habían robado la mochila y el jersei con el qué iba a clase.
Justo cuando se disponía
a ayudarla a levantarse, la chica se asustó y se marchó corriendo,
seguramente tratando de disimular sus lágrimas (nunca la vio llorar
a pesar de todas las humillaciones e insultos de la qué era objeto a
diario).
Desde aquel instante tomó
una decisión que, sin que aún lo supiera, le cambiaría la vida
para siempre: conseguiría que aquella chica fuera su novia costara
lo que costara. Se acercaría a ella, la besaría, la protegería y,
finalmente, harían el amor como dos animales.
Lo que no había
conseguido el porno por sinapsis, lo había logrado su imaginación:
su polla se le había puesto dura como una roca.
Al día siguiente se
acercó a ella durante el descanso para comer, cuando precisamente
ella hablaba con sus padres durante unos diez minutos (que hablaba
con ellos lo supo, obviamente, más adelante). Justo cuando terminó
de hablar en aquella lengua, la abordó con una amplia sonrisa de
oreja a oreja.
-Hola. Me gustaría que
fuéramos amigos.
La chica frunció el ceño
y, volviendo sobre sus pasos, se dirigió hacia la biblioteca. Aún
quedaban 20 minutos para que las clases se reanudaran.
-Nambh
rúa! - gritó él, con una sonrisa en los labios.
Como si un potente rayo la
hubiera atravesado de la cabeza a los pies, la chica se quedó
plantada en el suelo, rígida como una estaca. Poco a poco, entonces,
se fue girando hasta que sus ojos negros, abiertos de par en par en
señal de absoluta sorpresa, se cruzaron con los suyos. Su rostro
estaba saturado de un rojo tan intenso que cualquiera pensaría que
toda la sangre de su corazón se había concentrado en sus mejillas,
dejando su corazón frío y moribundo.
Líon se encogió de
hombros y su sonrisa se acentuó mientras movía a los lados su mano
derecha extendida, en señal de despedida.
-¡Nambh rúa!
Los labios de Narina
empezaron a temblar y, a su vez, sus ojos empezaron a evitar los
suyos.
-¿Eh? ¿Qué sucede? ¿No
te gusta que te digan esa frase? - era la primera vez que conocía a
alguien que se ponía de aquella manera cuando se despedían de ella.
Porque, por supuesto, Líon había supuesto que Nambh
rúa significaba “Adiós”, puesto que ella siempre se despedía
con esa frase en sus conversaciones a través de la sinapsis.
-N...no es que me
disguste... - miró al suelo, azorada – Estoy...eh...sorprendida
y...y no sé qué pensar.
Líon se rascó la cabeza,
confundido.
-¿Confundida? ¿Por qué?
-A parte de mis padres,
nunca nadie me había dicho esto...y...y además...conoces el idioma
– la chica se retorcía las manos con nerviosismo sin saber hacia
dónde mirar.
-No sabía que fueran tan
maleducados en tu tierra. ¿De verdad nunca nadie te dice esto,
aparte de tus padres?
Narina alzó las cejas.
-E...eh? ¿Para tí lo
normal sería...que todos me lo dijeran?
-¡Claro que sí! Al menos
alguien con un mínimo de educación.
La chica se llevó una
mano a la boca y, con la otra tirando de la falda hacia abajo,
empezó a reírse con cortas y suaves carcajadas. Líon se acercó a
ella sin entender qué diablos estaba sucediendo y qué era lo que veía de divertido en una simple frase de despedida. Y, de repente, se le
cruzó por la cabeza, por primera vez desde que había pronunciado
aquella frase, que quizá la hubiera cagado. Sin embargo, que la
chica hubiera dejado que él se acercara, no era del todo una mala
señal.
-¿Le dices eso a todas
las chicas que conoces?
-¿A las chicas? Pues
claro! Y a los chicos también! E incluso a los animales.
Narina ya no pudo
contenerse más y estalló en unas ya sonoras y desvergonzadas
carcajadas. No le importaron los insultos que le profirieron algunos
compañeros que pasaban a su lado, ni los gritos de “estás loca”.
Algunos murmuraban que el “gorila rarito y la bruja loca” se
llevaban bien, pero no se atrevieron a decirlo en voz alta por miedo
a Líon...que en verdad ni lo tuvo en cuenta.
-¿Qué te hace tanta
gracia? ¿Solamente te despides de tus padres?
-¿De...despedirme? - se
enjuagó las lágrimas de risa con el reverso de su mano – No me
digas que creíste que...
-Nambh rúa significa
Adiós.
Narina se puso a reír con
vigor renovado, esa vez de forma más tierna, mirándole con ojos
divertidos y encantados. Ahora le miraba a los ojos sin apartar la
mirada en ningún momento. Tan tímida no era, sin duda.
-¡Significa “Te
quiero”!
Súbitamente, a Líon le dio toda la
sensación que la sangre que se había instalado en las mejillas de
la adolescente había pasado a través de un conducto invisible hacia
las de él, quizá por arte del brujo perverso de los
malentendidos.
-Va...vaya. Lo siento, yo
creía...
-No pasa nada. Gracias por
interesarte por mí, y por querer hablar mi idioma – cruzó sus
manos tras su falda, sonriente - Me he reído más en estos 5 minutos
que en todos estos seis meses juntos – sus elegantes y enormes
pestañas parecían dos alas dispuestas a qué Narina emprendiera el
vuelo. Líon se quedó sin palabras ante aquel espectáculo no apto
para cardíacos y enamoradizos como él.
-Úya! - añadió ella.
-¿Qué?
-¡Hola! En mi idioma. No
me gustan las despedidas.
-¡Oh! Úya! - se
recompuso de su azoramiento y compuso una exagerada reverencia - ¿Te
apetecería venir a comer conmigo al jardín?
-Esto te ha quedado
demasiado teatral...
-¿Qué dices?
-¡Oh, claro que quiero!
Me muero de hambre, al infierno los libros.
Y así empezó todo, con
el paso en falso con el qué empiezan las cosas importantes, sin
épica, sin palabras grandilocuentes, sin frases estudiadas. Eso lo
dejaremos para las novelas de caballeros y princesas, o para las
películas pastelosas sin ningún condimento más que un exceso de
azucar que producen diabetes y fuertes dolores de estómago. Y, en
ocasiones, diarrea.
Cada día iban juntos al
jardín a comer sus respectivas comidas preparadas y pre-cocinadas.
¿De qué hablaban? ¿Cómo era esa relación? Eso no nos importa
demasiado, simplemente que, poco a poco e inexorablemente, Narina se
enamoró de Líon, y el corazón de Líon al cabo de poco más de un
mes, ya estaba tan lleno de ella que en cada latido podía escuchar
su nombre, el cual se extendía por todas las arterías y venas de su
cuerpo. Ella cada día le enseñaba nuevas palabras de aquél idioma
de origen desconocido, y, al cabo de muy poco tiempo, se sorprendió
a sí mismo siendo capaz de hablar con ella casi exclusivamente en su
idioma, y sin esfuerzos remarcables.
Al cabo de dos meses ya se
podía decir que salían juntos y que eran, en definitiva, una pareja
hecha y derecha. Ya habían yacido juntos, habían hecho el amor
muchas veces (era una droga tan potente, que a veces se ausentaban de
clase y tenían que ir a follar al baño del colegio, como dos
animales en celo). Todos sabían de aquella relación, pero nadie se
atrevía a decir nada. No, desde que Líon salía con Narina, ya
nadie se metía con ella. Al contrario, hizo algunas amigas, pocas, pero fieles y leales. Él, por otro lado, se contentaba con estar a
su lado, y el hacer amigos ni se le había pasado por la cabeza.
-Oye...me gustaría
conocer tu pueblo, tu país, tus padres...Me encantaría viajar
contigo a tu tierra natal. ¿Sabes? - le decía Líon, en ocasiones,
en el idioma de ella y ya sin un fuerte acento. Pero siempre topaba
con una sombra que cruzaba el rostro de la chica y el silencio se
hacía la única Palabra de aquellos momentos.
-¿Te vienes a mi piso? - le preguntaba ella, evadiendo la cuestión. Vivía sola, en un piso de alquiler cerca de la escuela.
-¿Por qué no me
contestas? Me escondes algo.
-Nará...
“Adiós” en su
idioma. Cada vez que le sacaba aquél tema, había problemas y
terminaban separados el resto del día. Por eso Líon decidió que no volvería a sacarle más aquel tema. La amaba demasiado.
Sin embargo, obviar el
tema no le sirvió de nada, puesto que, justo antes de terminar el
curso, Narina, un buen día, no se presentó a clase. Ni al día
siguiente, ni el siguiente, ni la semana siguiente ni la otra. La
visitaba a su piso de alquiler, pero no había nadie. Contactó con el
propietario, y él no sabía nada, solamente que había pagado,
religiosamente, todos los meses hasta aquél mismo día. No, no había
rastro de ella. Había desaparecido, como uno de esos sueños que son
tan bellos y tan perfectos, que acaban siendo cruelmente imperfectos
porque terminan de una forma brutalmente tajante.
La tristeza y el pesar que
sintió aquellos días nunca podría describirlo de ninguna de las
maneras. Se sentía vacío, como si algo o alguien le hubiera
arrebatado el suspiro candente de la vida que todos necesitamos.
Incluso los compañeros de clase, que antes le despreciaban, ahora le
miraban con algo de ternura, pero, eso sí, no se lo hacían saber.
No, era mejor dejar esas cosas de lado, a ellos no les hacía ningún bien
hacerse amigo de alguien destrozado. De un ser solitario, despechado.
Y, entonces, desde la oscuridad más profunda que invadía su alma,
decidió que, si aprendía muchos, muchos idiomas, quizá podría
salir de aquél pueblo de mierda y viajar por todo el mundo para,
así, poder reencontrarse con su amada. Los idiomas, sí, se
dedicaría a aprender idiomas.
Sonrió para sus adentros,
con una agria esperanza recobrada.
Años después, justo
cuando volvía del Café Servein conduciendo de vuelta a su casa y sorteando molestos tapones de tráfico, se dio cuenta de algo de lo
qué nunca había reparado.
Narina significa “Chica
del Adiós”.
Durante todos aquellos
años había buscado, en vano, el origen de aquél idioma...¡Ni
siquiera había registros de ninguna palabra de las qué sabía!
Aquel idioma, directamente, no existía en la Red. Ni tampoco ningún
país ni región relacionado con ella. Por eso durante algún tiempo
creyó que se había inventado toda aquella aventura. Luego,
pensándolo de forma más lógica, llegó a la conclusión que lo más
inteligente sería guardar todo, absolutamente todo el vocabulario y
la gramática en el rincón más profundo de su sinapsis, con una
clave imposible de rastrear que le había costado una suma de dinero
para nada despreciable.
Decidió, entonces, desde
aquel mismo instante, llamar a aquél rincón “Naríndia”.
La lengua del Adiós.
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