Wednesday, November 21, 2012

Capítulo 3: Nambh rúa!


Las primeras palabras que le venían a la mente, cada vez que pensaba en aquello, solamente eran dos, con una conjunción dubitativa en la mitad.

Fantasía
o
Realidad?

Mucha gente suele pensar que esos términos están perfectamente definidos y diferenciados, pero no podrían estar más equivocados. Sino, hagamos una prueba con vosotros mismos, los lectores. Haced un esfuerzo mental e intentad rememorar el recuerdo más lejano que podáis. Una vez lo hayáis hecho, quiero que me respondáis a una simple pregunta: ¿Podéis afirmar categóricamente que ese recuerdo es real, o, sin embargo, es posible que ya haya sido modificado y cambiado por el paso del tiempo? Estoy convencido que ese recuerdo tan lejano está salpicado y rodeado de sombras y niebla, que solamente son retazos de imágenes una al lado de otra que a veces no tienen relación ni sentido.

Palabras, sonidos, olores, tactos.

Todo esto permanece mucho más allá de los recuerdos.

Narina. Nariiiina. Na-ri-na. Ese perfume del campo, natural, de mil flores mezclado por sudor y sencillez. El tacto de una pequeña mano rasgada y quebrada, pero tan femenina que quita el aliento. Y palabras, palabras en un idioma que no ha vuelto a escuchar en su vida, un idioma que le acariciaba, que le llenaba de una dicha cercana a un repertorio de canciones antiguas, de romances perdidos, de tragedias pretéritas.

Él estaba junto a la ventana de la clase de un colegio cualquiera, aburrido, mascando un chicle y repasando páginas porno con su sinapsis, mientras la clase de aritmética seguía adelante. Hacía tantas veces que visitaba sitios porno que ya ni la polla se le levantaba. En fin, no le dio importancia a aquello y siguió navegando por aquellos reinos de perversión. Él siempre había sido un niño solitario, que disfrutaba de la soledad y, sin embargo, nadie osaba meterse con él: era el doble de ancho y alto que el resto, así de simple. Lo único que quería es que le dejaran en paz con su vida consigo mismo, y él, a cambio, dejaría en paz la vida del resto.

Hasta aquí la simbiosis había salido a la perfección.

Pero todo se fue al traste cuando, de repente, se enamoró de Narina. Ojos negros como el carbón, cabellos oscuros como la noche del apocalipsis, y una piel tan y tan blanca que cuando el Sol le daba de lleno, era capaz de deslumbrar a los mismos dioses diurnos. Ella, a diferencia de él, había intentado integrarse en el grupo de la clase pero pronto los niños empezaron a rehuir de ella. Cada día, durante el Descanso, ella desconectaba todo lo que hacía y conectaba su sinapsis con sus padres, hablando en un idioma indescifrable. Entonces aquellos imberbes, al no reconocer su lenguaje, empezaron a reírse de ella y a considerarla como a un bicho raro. Incluso empezaron a imitar, de forma muy pobre, su forma de hablar y sus lentos y elegantes gestos que hacía con las manos al comunicarse a través de la sinapsis.

En definitiva, al cabo de tres meses, Líon y Narina, ambos de 15 años, se hallaban solitarios en clase sin ninguna otra comunicación que la que tenían con sus profesores, con la diferencia que a Líon le dejaban en paz por su corpulencia y por su presencia, y a Narina no paraban de gastarle bromas pesadas.

Un día, al volver a casa, Líon se detuvo al ver cómo dos chicas la habían golpeado y le habían robado la mochila y el jersei con el qué iba a clase.
Justo cuando se disponía a ayudarla a levantarse, la chica se asustó y se marchó corriendo, seguramente tratando de disimular sus lágrimas (nunca la vio llorar a pesar de todas las humillaciones e insultos de la qué era objeto a diario).
Desde aquel instante tomó una decisión que, sin que aún lo supiera, le cambiaría la vida para siempre: conseguiría que aquella chica fuera su novia costara lo que costara. Se acercaría a ella, la besaría, la protegería y, finalmente, harían el amor como dos animales.
Lo que no había conseguido el porno por sinapsis, lo había logrado su imaginación: su polla se le había puesto dura como una roca.

Al día siguiente se acercó a ella durante el descanso para comer, cuando precisamente ella hablaba con sus padres durante unos diez minutos (que hablaba con ellos lo supo, obviamente, más adelante). Justo cuando terminó de hablar en aquella lengua, la abordó con una amplia sonrisa de oreja a oreja.

-Hola. Me gustaría que fuéramos amigos.

La chica frunció el ceño y, volviendo sobre sus pasos, se dirigió hacia la biblioteca. Aún quedaban 20 minutos para que las clases se reanudaran.

-Nambh rúa! - gritó él, con una sonrisa en los labios.

Como si un potente rayo la hubiera atravesado de la cabeza a los pies, la chica se quedó plantada en el suelo, rígida como una estaca. Poco a poco, entonces, se fue girando hasta que sus ojos negros, abiertos de par en par en señal de absoluta sorpresa, se cruzaron con los suyos. Su rostro estaba saturado de un rojo tan intenso que cualquiera pensaría que toda la sangre de su corazón se había concentrado en sus mejillas, dejando su corazón frío y moribundo.

Líon se encogió de hombros y su sonrisa se acentuó mientras movía a los lados su mano derecha extendida, en señal de despedida.

-¡Nambh rúa!

Los labios de Narina empezaron a temblar y, a su vez, sus ojos empezaron a evitar los suyos.

-¿Eh? ¿Qué sucede? ¿No te gusta que te digan esa frase? - era la primera vez que conocía a alguien que se ponía de aquella manera cuando se despedían de ella. Porque, por supuesto, Líon había supuesto que Nambh rúa significaba “Adiós”, puesto que ella siempre se despedía con esa frase en sus conversaciones a través de la sinapsis.

-N...no es que me disguste... - miró al suelo, azorada – Estoy...eh...sorprendida y...y no sé qué pensar.

Líon se rascó la cabeza, confundido.

-¿Confundida? ¿Por qué?

-A parte de mis padres, nunca nadie me había dicho esto...y...y además...conoces el idioma – la chica se retorcía las manos con nerviosismo sin saber hacia dónde mirar.

-No sabía que fueran tan maleducados en tu tierra. ¿De verdad nunca nadie te dice esto, aparte de tus padres?

Narina alzó las cejas.

-E...eh? ¿Para tí lo normal sería...que todos me lo dijeran?

-¡Claro que sí! Al menos alguien con un mínimo de educación.

La chica se llevó una mano a la boca y, con la otra tirando de la falda hacia abajo, empezó a reírse con cortas y suaves carcajadas. Líon se acercó a ella sin entender qué diablos estaba sucediendo y qué era lo que veía de divertido en una simple frase de despedida. Y, de repente, se le cruzó por la cabeza, por primera vez desde que había pronunciado aquella frase, que quizá la hubiera cagado. Sin embargo, que la chica hubiera dejado que él se acercara, no era del todo una mala señal.

-¿Le dices eso a todas las chicas que conoces?

-¿A las chicas? Pues claro! Y a los chicos también! E incluso a los animales.

Narina ya no pudo contenerse más y estalló en unas ya sonoras y desvergonzadas carcajadas. No le importaron los insultos que le profirieron algunos compañeros que pasaban a su lado, ni los gritos de “estás loca”. Algunos murmuraban que el “gorila rarito y la bruja loca” se llevaban bien, pero no se atrevieron a decirlo en voz alta por miedo a Líon...que en verdad ni lo tuvo en cuenta.

-¿Qué te hace tanta gracia? ¿Solamente te despides de tus padres?

-¿De...despedirme? - se enjuagó las lágrimas de risa con el reverso de su mano – No me digas que creíste que...

-Nambh rúa significa Adiós.

Narina se puso a reír con vigor renovado, esa vez de forma más tierna, mirándole con ojos divertidos y encantados. Ahora le miraba a los ojos sin apartar la mirada en ningún momento. Tan tímida no era, sin duda.

-¡Significa “Te quiero”!

Súbitamente, a Líon le dio toda la sensación que la sangre que se había instalado en las mejillas de la adolescente había pasado a través de un conducto invisible hacia las de él, quizá por arte del brujo perverso de los malentendidos.

-Va...vaya. Lo siento, yo creía...

-No pasa nada. Gracias por interesarte por mí, y por querer hablar mi idioma – cruzó sus manos tras su falda, sonriente - Me he reído más en estos 5 minutos que en todos estos seis meses juntos – sus elegantes y enormes pestañas parecían dos alas dispuestas a qué Narina emprendiera el vuelo. Líon se quedó sin palabras ante aquel espectáculo no apto para cardíacos y enamoradizos como él.

-Úya! - añadió ella.

-¿Qué?

-¡Hola! En mi idioma. No me gustan las despedidas.

-¡Oh! Úya! - se recompuso de su azoramiento y compuso una exagerada reverencia - ¿Te apetecería venir a comer conmigo al jardín?

-Esto te ha quedado demasiado teatral...

-¿Qué dices?

-¡Oh, claro que quiero! Me muero de hambre, al infierno los libros.

Y así empezó todo, con el paso en falso con el qué empiezan las cosas importantes, sin épica, sin palabras grandilocuentes, sin frases estudiadas. Eso lo dejaremos para las novelas de caballeros y princesas, o para las películas pastelosas sin ningún condimento más que un exceso de azucar que producen diabetes y fuertes dolores de estómago. Y, en ocasiones, diarrea.

Cada día iban juntos al jardín a comer sus respectivas comidas preparadas y pre-cocinadas. ¿De qué hablaban? ¿Cómo era esa relación? Eso no nos importa demasiado, simplemente que, poco a poco e inexorablemente, Narina se enamoró de Líon, y el corazón de Líon al cabo de poco más de un mes, ya estaba tan lleno de ella que en cada latido podía escuchar su nombre, el cual se extendía por todas las arterías y venas de su cuerpo. Ella cada día le enseñaba nuevas palabras de aquél idioma de origen desconocido, y, al cabo de muy poco tiempo, se sorprendió a sí mismo siendo capaz de hablar con ella casi exclusivamente en su idioma, y sin esfuerzos remarcables.
Al cabo de dos meses ya se podía decir que salían juntos y que eran, en definitiva, una pareja hecha y derecha. Ya habían yacido juntos, habían hecho el amor muchas veces (era una droga tan potente, que a veces se ausentaban de clase y tenían que ir a follar al baño del colegio, como dos animales en celo). Todos sabían de aquella relación, pero nadie se atrevía a decir nada. No, desde que Líon salía con Narina, ya nadie se metía con ella. Al contrario, hizo algunas amigas, pocas, pero fieles y leales. Él, por otro lado, se contentaba con estar a su lado, y el hacer amigos ni se le había pasado por la cabeza.

-Oye...me gustaría conocer tu pueblo, tu país, tus padres...Me encantaría viajar contigo a tu tierra natal. ¿Sabes? - le decía Líon, en ocasiones, en el idioma de ella y ya sin un fuerte acento. Pero siempre topaba con una sombra que cruzaba el rostro de la chica y el silencio se hacía la única Palabra de aquellos momentos.

-¿Te vienes a mi piso? - le preguntaba ella, evadiendo la cuestión. Vivía sola, en un piso de alquiler cerca de la escuela.

-¿Por qué no me contestas? Me escondes algo.

-Nará...

Adiós” en su idioma. Cada vez que le sacaba aquél tema, había problemas y terminaban separados el resto del día. Por eso Líon decidió que no volvería a sacarle más aquel tema. La amaba demasiado. 
Sin embargo, obviar el tema no le sirvió de nada, puesto que, justo antes de terminar el curso, Narina, un buen día, no se presentó a clase. Ni al día siguiente, ni el siguiente, ni la semana siguiente ni la otra. La visitaba a su piso de alquiler, pero no había nadie. Contactó con el propietario, y él no sabía nada, solamente que había pagado, religiosamente, todos los meses hasta aquél mismo día. No, no había rastro de ella. Había desaparecido, como uno de esos sueños que son tan bellos y tan perfectos, que acaban siendo cruelmente imperfectos porque terminan de una forma brutalmente tajante.

La tristeza y el pesar que sintió aquellos días nunca podría describirlo de ninguna de las maneras. Se sentía vacío, como si algo o alguien le hubiera arrebatado el suspiro candente de la vida que todos necesitamos. Incluso los compañeros de clase, que antes le despreciaban, ahora le miraban con algo de ternura, pero, eso sí, no se lo hacían saber. No, era mejor dejar esas cosas de lado, a ellos no les hacía ningún bien hacerse amigo de alguien destrozado. De un ser solitario, despechado. Y, entonces, desde la oscuridad más profunda que invadía su alma, decidió que, si aprendía muchos, muchos idiomas, quizá podría salir de aquél pueblo de mierda y viajar por todo el mundo para, así, poder reencontrarse con su amada. Los idiomas, sí, se dedicaría a aprender idiomas.

Sonrió para sus adentros, con una agria esperanza recobrada.

Años después, justo cuando volvía del Café Servein conduciendo de vuelta a su casa y sorteando molestos tapones de tráfico, se dio cuenta de algo de lo qué nunca había reparado.

Narina significa “Chica del Adiós”.

Durante todos aquellos años había buscado, en vano, el origen de aquél idioma...¡Ni siquiera había registros de ninguna palabra de las qué sabía! Aquel idioma, directamente, no existía en la Red. Ni tampoco ningún país ni región relacionado con ella. Por eso durante algún tiempo creyó que se había inventado toda aquella aventura. Luego, pensándolo de forma más lógica, llegó a la conclusión que lo más inteligente sería guardar todo, absolutamente todo el vocabulario y la gramática en el rincón más profundo de su sinapsis, con una clave imposible de rastrear que le había costado una suma de dinero para nada despreciable.

Decidió, entonces, desde aquel mismo instante, llamar a aquél rincón “Naríndia”.

La lengua del Adiós.

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